Luz. Mucha luz. Tanta que mis cegados ojos no eran capaz de soportarla. Puse mis manos, pequeñas, suaves, frágiles... cubriendo mi rostro hasta que mis ojos se acostumbraron a aquella luz. Finalmente, se abrieron para ver claramente la tragedia. Una llamarada envuelta en humo negro. El mismísimo infierno se abría ante mis ojos verdes. Sentí que me abrasaba, que mi piel se derretía como un papel quemado, y que de nuevo era incapaz de hacer nada.
Ya era la quinta vez que soñaba aquella escena. Parecía que mi subconsciente quería torturarme por un suceso pasado, como si estuviese preguntándome por qué no fui capaz de hacer nada al respecto. Bajé del árbol en el que había pasado la noche. Había llovido intensamente, dejando ahora un cielo despejado, brillante y una tierra fangosa, que se hundía ante cada paso que daba. Cada vez me encontraba más próxima a la capital de Esitia, un imperio que se extendía desde las montañas de Kuvera hasta más allá del largo océano, el fin del mundo. Había partido mi viaje desde una pequeña aldea llamada Flora, un lugar apacible con gente humilde que sólo vivía laburando para sus señores, y que estaba localizada cerca de un riachuelo sin nombre.
Hacía unos días me había llegado una carta desde Era, la capital, y el remitente era la mismísima emperatriz. No daba muchos detalles, solamente que había sido solicitada para algo urgente y que debía de apresurarme en llegar antes de una semana. Ahora me había arrepentido de no haber tomado el Ferry, porque quizás ya habría llegado a mi destino.
Estaba acostumbrada a caminar largas distancias pero la travesía por el bosque de Erudin era, con diferencia, la má dura que había tenido en mis diez años de cazarrecompensas. Los árboles, de un tono grisáceo y más bien azulado, habían destrozado el único camino que había sido marcado y con el paso del tiempo y el abandono no era más que una fila de baldosas que no llegaban a ningún lado. Había tenido que subir a la copa de dichos árboles incontables veces para saber qué trayecto seguir, me había perdido, caminado en círculos, avanzado torpemente en dirección contraria... pero finalmente había vislumbrado la frontera. Un enorme río de aguas cristalinas y apacibles se interponía entre mi destino y Erudin. "El agua" Pensé. No me agradaba tener que nadar hasta la otra orilla, teniendo en cuenta que todo tipo de animales habitaban en él. El río que rodeaba Era se conocía como uno de los más peligrosos. Las nereidas que habitaban en él eran peligrosas, los peces carnívoros y las plantas se enredaban en los cuellos de los peregrinos ahogándolos sin piedad y engulléndolos con sus bocas, ocultas bajo tierra.
Saqué mi espada de su funda de cuero y empecé a hundirla en el tronco de uno de aquellos grandes árboles, pero la dureza del tronco hacía imposible que mi espada oxidada penetrase lo más mínimo en él. Rendida, desistí y me dispuse a sumergirme en el río cuando una mano se posó en mi hombro. Helada, apunté con la espada al estómago de quien fuera que estuviese allí. Era un chico de mirada seria, de ojos rojos y pelo de color negro. Un negro tan oscuro que parecía absorber todo color a su alrededor.El joven era muy alto, y tenía una ancha espalda. No pude evitar fijarme en sus ojos, que despedían un fulgor rojizo, como si brillasen con luz propia. Mantuvo la mirada y apretó con su mano el filo de mi espada, la empujó y ambas, espada y yo, caímos al agua. Seguido sentí una mano sujetándome del cuello de la camisa, y esta me impulsó fuera del agua con brusquedad. Quedé suspendida en el aire y luego me tiró al suelo. El extraño fulgor de sus ojos y su inexpresividad me asustaron. El cuerpo me temblaba, ya fuese por el frío de mis ropas húmeda o porque empezaba a sentir pánico. ¿Iba a matarme? ¿Qué era lo que quería? ¿Había sido todo una trampa? Me levanté con dificultad. Las ropas mojadas pesaban demasiado, y ahora estaba segura de que si hubiese cruzado el río con ellas me habría hundido al fondo y no habría salido de allí con vida. El joven se acercó a mí, retrocedí, pero siguió acercándose. Choqué contra el tronco de aquel árbol que había intentado cortar, busqué mi espada pero la había abandonado y ahora probablemente reposaba en el fondo del río. Él me cogió del brazo con brusquedad y corrió en dirección al río. No pude soltarme de él, y caí detrás, sin aire. El agua me llegó hasta el cerebro. No podía respirar,y la misma ropa me estaba impulsando al fondo. Cuando abrí los ojos vi que estaba sola, que aquel joven me había soltado a mi suerte y que esa suerte no sería más que la muerte. Me sentí mareada, y terriblemente apenada por no haber conseguido aquello que buscaba, vi aquellos peces coloridos esperando mi muerte para luego devorar mis restos y por último, antes de perder el conocimiento, vi algo inexplicable, inexistente y más bien, el fruto de una ilusión.
No hay comentarios:
Publicar un comentario