Oscuridad. Abrí los ojos como despertando de un mal sueño y miré a mi alrededor sin levantarme de la cama. Estaba en una pequeña casa de madera, repleta de cosas sin aparente utilidad colgando del techo, con unos troncos ardiendo en un suelo de arena, y una pequeña mesa con sillitas de madera. En una de ellas había una figura corpulenta, una mujer, de cabellos anaranjados. La puerta estaba abierta y alcancé a ver a lo lejos el río en el que juraría haber muerto. Iba a levantarme cuando volví a sentir aquella presencia amenazadora. Cerré los ojos.
¡Te juro que lo vi en el río! Estaba allí cuando abrí la puerta. Y me dijo que debíamos cuidar de ella.
Era la voz de un niño emocionado. Sentí que algo se acercaba. Esa presencia estaba justo a mi lado. Sentí que alguien tocaba las mantas de cuero que me cubrían y como acto reflejo, en un instante me había levantado y había cubierto a esa presencia con ellas. Me disponía a salir corriendo en camisón si era necesario, pero entonces caí en mi error. No era más que el niño que jugaba en las afueras. Este salió de las mantas y la mujer se levantó con gran dificultad. Tenía las piernas hinchadas y ennegrecidas por varios hematomas y unas gruesas venas. Apenas podía caminar, y finalmente me dirigió una sonrisa.
-Pensamos que morirías de una pulmonía. ¿A quién se le ocurre nadar en el río con esas ropas tan pesadas?
Me encogí de hombros. Era normal que pensase que yo misma había decidido tirarme al río cuando no había sido así. Pero tampoco había pensado en cruzarlo de otra forma.
- Llevas varios días durmiendo. Es mejor que comas algo para reponer fuerzas. He preparado algo de consomé para almorzar.
No supe qué hacer, ni qué decir. Llevaba tanto tiempo sin hablar que simplemente decidí no hacerlo. El niño se había pasado todo el tiempo mirándome como si fuese una heroína, o algo realmente fantástico. Me sentí incómoda. Nunca me habían gustado los niños. Siempre acababan en bocas de monstruos, o secuestrados por rateros... en general, eran un incordio.
La mujer puso en un cuenco de barro un poco de aquel caldo sin sustancia y me lo acercó. Di por hecho que eran una familia muy pobre, cosa que me había sorprendido ya que supuestamente en la capital y con la nueva emperatriz, todos vivían con las mayores comodidades de todo el imperio. Lo bebí lo más rápido que pude, cogí mis ropajes de cuero y busqué en ella la pequeña bolsa de cuero en la que guardaba mis monedas de oro. Saqué tres de ellas y las dejé encima de la mesa. La mujer negó.
-Las necesitaréis más que yo. A cambio sólo os pido que me indiquéis el camino al castillo.
Y mi voz sonó desafinada. La garganta se me secó al instante y me sorprendí de que aún pudiese salir voz de mis polvorientas cuerdas vocales. El niño se volvió hacia su madre , ella le dio unas palmaditas en la espalda y le dirigió un gesto de aprobación. Él se envolvió en una tela de cuero que le llegaba hasta las rodillas y ambos salimos de la estrecha casita. La casa no estaba dentro de la muralla, es más, estaba pegada a esta pero en el exterior. Entonces comprendí por qué eran tan pobres. No eran más que los llamados "parias", gente que es tachada de ladrones de aventureros, que asaltan los cargamentos con provisiones para los soldados, que pese a todo ello son obligados a pagar un altísimo precio por su pequeña propiedad.
El niño empezó entonces a relatar sus circunstancias. Entendí que su padre había sido asesinado tiempo atrás , cuando aún vivían dentro de la muralla, y que su muerte fue injusta ya que era un hombre que vivía para trabajar, que estaba orgulloso de lo que hacía y que no tenía enemigos. El joven juró repetidas veces que a su padre lo había matado un dragón , pero estaba segura de que mentía. Los dragones se habían extinguido hacía mucho tiempo, unos cuantos siglos, víctimas de una maldición que el propio mago real había conjurado. O al menos, eso es lo que el imperio hacía creer a la población para mantenerla bajo su poder. También mencionó que su madre trabajaba lo máximo que podía, pero que últimamente su enfermedad la estaba consumiendo y no tenían ni para comer. Por ello, decía, buscaba alimento en el río aunque la gente le hubiese advertido que muchos de aquellos peces eran venenosos. Lo relató todo con gran efusividad, como si se tratase de una gran historia, una leyenda. Y entonces me habló sobre su sueño de ser un gran guerrero que luchaba por la justicia, la igualdad entre las clases, y otras ilusiones estúpidas que obviamente nunca se harían reales. Llegué al castillo, protegido por una muralla y tuve que volver a enseñar la carta de invitación de parte de la emperatriz. El niño se despidió alegre, deseándome buena suerte. Me puse de rodillas, saqué el saco de las monedas y lo posé en sus manos.
-Espero que algún día tu sueño se haga realidad. Pero no hagas enfadar a tu madre. Pórtate bien con ella, y no hagas caso a extraños. Si te ocurre algo, utiliza lo que hay dentro de este saco y te prometo que iré en tu ayuda.
El niño abrió la bolsa y dentro de ella había una flauta de madera diminuta. Sonrió.
"Yo también espero que tú y tu dragón consigáis vuestro sueño."
No hay comentarios:
Publicar un comentario