- Es normal que tengas esa cara. Después de todo, no recuerdas nada. Hay muchas cosas que debes saber, como que tú en tu tiempo fuiste devastadora. Es una pena que nunca se te considerase una diosa - Siguió avanzando - Hasta tus propias criaturas te dieron la espalda. Y pensar que el único ser que te aceptó como tal fue Tyr, alguien que se oponía a tu propia civilización. Por culpa de su egocentrismo te rebajó a lo que eres actualmente; una simple humana cuya personalidad fue creada por un dragón que murió tiempo atrás.
-Lo mataste.
-Sí, lo hice, al igual que con todos. Pero era algo que debía hacer o tu creación nunca prosperaría como lo ha hecho hoy. Aria, diosa de la creación, mira al pueblo al que creaste. Hasta yo, el mismísimo demonio rey de los infiernos he decidido honraros adoptando esta forma. He de agradeceros tantísimo... -Me miró directamente a los ojos con un destello en los suyos - En mis millones de años nunca me había divertido de tal manera como con esta especie. Una especie débil, influenciable, corrupta... sólo piensan en su propio beneficio y recurren a lo que sea para obtenerlo. Son algo digno de ver. Una verdadera distracción. Una pena que Lux y Garon estuviesen en contra de ella; incluso los noté un poco atemorizados. Pero gracias a todos estos seres - tocó una gárgola de piedra - y a todos esos dragones logramos evitar la destrucción de nuestra única distracción. Y así, querida Evanthe,es como se creó aquella falla enorme que divide el mundo en dos. Algunos de etos demonios, divertidos, se transformaron en tus creaciones y blasfemaron a los dioses, dividiendo a la población en los seguidores de Lux, al oeste, y los de Garón al este.
-Dividisteis el mundo.
La idea de que era una creación tal y como lo era Athan me golpeó con fuerza. No era más que algo ya definido. Un ser llamado Tyr me había hecho tal y como yo era. Tomé aire con fuerza, alejando esos pensamientos de mi cabeza y manteniendo una actitud calmada ante Alexander, que parecía divertido`ante aquella situación. Debía contárselo a Eva y los demás. Alex no era una deidad, era un demonio, y probablemente nada bueno saldría de este viaje.
-¿Por qué me cuentas todo esto? Me refiero. ¿Por qué ahora?
Soltó una risita más bien desagradable y enarqué una ceja.
-No hubo ocasión. No quería tener problemas con los demás. Después de todo, ellos creen que soy una especie de Dios. Y es normal que lo crean, porque nosotros los demonios creamos toda su mitología. Es normal que los dioses abandonaran este lugar hace mucho, si los humanos hacíais más caso a el mal que a el bien.
Se encogió de hombros.
-¿Qué planeas? ¿Por qué buscas la piedra de Arise?
-Recuerda que adopté esta forma. Puede que sea un demonio, y todo lo que quieras, pero al tener este cuerpo humano necesito de lo básico. No necesito de comer, ni beber, ni ninguna otra necesidad fisiológica pero mi poder se ve afectado ante el balance ya roto entre Seiren y Esitia. Vuestro mundo fue dividido más allá de lo ideológico. Para ser exactos Esitia y Seiren son como las fichas de un ajedrez; en una continua batalla por ver quién engulle primero a quién.
-¿Necesitas la piedra tanto como Esitia?
Asintió, comenzando a subir unas escalera de piedra negra. ¿Qué era la piedra de Arise? No tenía ni idea de qué poder albergaba. ¿De verdad podríamos confiar en su poder? ¿Nos llevaría a la victoria?
-¿Qué sabes de la piedra?
-Sólo sé que existe. Bueno, más bien que existió. Formaba parte del bastón de Lux, y recuerdo haberla visto en el campo de batalla. Sin embargo, después de dicha batalla contra los dioses, la busqué incesantemente sin éxito. Después de la catástrofe envié a aquellas estúpidas criaturas a buscarla, pero ninguna de ellas la encontró. Y no podía haberse desvanecido en el aire. La busqué uno por uno, atravesándolos si era necesario. Y aún así, no la encontré.
-¿Y crees que todavía podría estar en la falla?
-A decir verdad no tengo ni la más remota idea. Pero es la única pista que tenemos. Y la única salvación.
El mismísimo Alexander acababa de afirmar que aquella piedra estaba en paradero desconocido y que no era seguro que estuviese en la falla.
-¿Estúpidas criaturas?
-Dragones. En el pasado las criaturas más temibles de todas. Ahora sólo una leyenda.
Estaba claro que Alexander no tenía ni idea de que había mantenido contacto recientemente con uno de ellos. Seguimos ascendiendo hasta llegar a una sala iluminada en el centro por un rayo de luz que se colaba por una grieta en el lejano techo de piedra. Este se acercó y miró el salón con curiosidad y a la vez... preocupación.
-Esta sala...
-¿Ocurre algo?
Soltó una carcajada desganada.
-Ya lo sé. Por qué no conocía esta civilización. Este lugar no fue creado por humanos. Fue creado por Él. Ese bastardo.
Giró sobre sí mismo con brusquedad y dió una patada al muro que hizo temblar toda la estructura. Tras una pausa volvió su mirada claramente enfurecida hacia mí y caminó a zancadas hasta que sentï su aliento en mi frente.
-Tú lo sabías.
¿Qué demonios te ocurre? No tengo ni idea de qué estás diciendo.
-¡Ese desgraciado ha estado tras de ti todo este tiempo!
Levantó la mano en un gesto amenazador y aproveché el momento para desenvainar su espada y retroceder sin darle la espalda. Iba a matarme, lo presentía, pero aún no entendía por qué. Sabía que no era rival para este, y que podría parpadear y seguido morir pero me esforcé por mantener el miedo a raya. Temblorosa, tomé la decisión de atacar y lancé una estocada contra él que fue agilmente evadida con un sutil movimiento. Vi su mano acercarse directamente a mi cara y antes de que pudiese tocarme algo le hizo retroceder dando un salto hacia atrás. Algo pasó volando cerca de nuestras cabezas y Alex pareció sentirla en el último instante. El objeto se clavó en la pared de piedra hasta su empuñadura. Era una espada. Una espada de empuñadura roja y que brillaba en un tono rojizo. Vi una sombra pasar con rapidez y esquivar un ataque directo de Alexander. La neblina se agitó como si tuviese vida propia y empezó a ondear alrededor de la sala.
-¡TYR! -Gemió el demonio con una voz inhumana y salida del mismísimo infierno. Conjuró algo y una llamarada se creó de aquella neblina yendo directamente hacia la sombra humeante que yacía frente a él. Un destello blanco se tragó aquella llamarada y se desintegró dejando tan solo una pequeña luz flotante que desapareció. La sombra fue hacia su espada y la empuñó. Era aquel sujeto que me había seguido desde el principio de mi viaje. Tras empuñar su espada vi su figura ya sin aquella sombra humeante que le cubría y rápidamente se avalanzó contra Alex propinándole un golpe dirigido hacia la cara que este rechazó con sus manos y luego dándole una serie de estocadas que pese a haberse clavado en la piel del susodicho, no parecían surgir efecto.
Yo también deseaba ayudar; sabía que si Alexander vencía entonces eso significaba mi fin.
-¿DÓNDE ESTÁ LA PIEDRA, TYR? - Repetía incesablemente mientras atacaba a este con sus garras - ¡HABLA, INÚTIL!
Tyr se impulsó con el cuerpo dejando caer todo su peso en su espada, que descargó en la mano del demonio destrozándola y haciendo que este retrocediese.
-Debes ser muy ingenuo si crees que responderé a algo así.
Después de meses escuché su voz, una voz grabe pero que indicaba que no era mucho más mayor que yo. Su eco resonó por el lugar mientras Alex soltaba una risotada y su mano se recomponía como por arte de magia.
-Es una orden de tu maestro y creador. Vamos, Tyr, no puedes desobedecerme.
-Y no lo he hecho. Mi misión era, desde un principio, la protección de Aria bajo cualquier circustancia. Esto no incluye que debiese ser totalmente fiel a ti.
-¿Acaso no es obvio?
-Cuando dibujaste mi personalidad no mencionaste que te debía absolutamente nada. Ahora soy una entidad independiente de ti. Protejo a Aria bajo mi propia devoción.
-Después de haber fallado, no creo que sirva de mucho. Aria murió hace ya mucho tiempo. Esta mujer no es más que un residuo de lo que ella dejó. ¿Crees que por estar día tras día tras ella eso recompensará su muerte?
-No seas estúpido. Protegí a Aria. Y sigo haciéndolo y seguiré haciéndolo eternamente. La protegí de ti, un demonio codicioso que tan sólo deseaba atarla a él - se acercó a mí y cogió mi mano con extremada suavidad, dándole la espalda al enemigo - Maestro, yo maté a Aria para alejarla de usted.
No hay comentarios:
Publicar un comentario