¿A qué se refería? ¿Acaso...?
Sentí un impulso que agitó mi cuerpo repentinamente. No pude evitar estremecerme. Me despedí haciendo caso omiso a lo que estaba ocurriendo en mi interior. Seguí adelante, bajo la atenta mirada de aquellos guardias de armadura plateada. Entré por un largo pasillo rodeado de columnas de mármol blanco, reluciente, perfecto. A ambos lados rugía una cascada de aguas cristalina que bañaba con su escarcha las flores de múltiples colores que habían sido plantadas en un césped de color verde oscuro. El exterior era precioso, no se podía pedir menos del castillo real. Era un claro símbolo de poderío, de lo insignificantes que éramos para todos aquellos que habitaban en él. Miré hacia ambos lados. Derecha: Unos guardias holgazaneaban bebiendo cerveza y riendo de manera escandalosa. Izquierda: Una joven de aspecto delicado caminaba de un lado hacia otro con impaciencia. Una joven realmente peculiar. Sentí otra vez aquel impulso, aquella electricidad recorriendo mi cuerpo y a lo lejos vi a ese sujeto, me estaba mirando fijamente, con aquella mirada seria y fría. Necesitaba preguntarle unas cuantas cosas. Apresuré el caminar, pero la joven me detuvo.
- Perdona... -Su voz sonó quebradiza. Y poseía un cierto acento extranjero. Probablemente sería de la costa, ya que sus pieles eran de un tono oscuro, sus ojos verdes claros y su pelo la delataba. Sólo una clase de tribus poseía tales características físicas. Los Onam. El pelo, extremadamente largo y recogido en una trenza, presentaba gran cantidad de colores. Era como un arcoiris. Después de fijarme largo tiempo en ella, miré por encima de su cabeza. Ese chico había desaparecido. Frustrada, intenté apartarme con cierta molestia de esa joven, pero de nuevo me obstruyó la vía.
-Esto... ¿Tú también has recibido la carta?
Dudé en contestar a eso. Aún buscaba con la mirada a el hombre.
-Sí.
La joven, de unos diecinueve años, se alegró.
-Me llamo Eunice. Vengo de la ciudad costera de Ona. Llevo largo tiempo esperándote.
Enarqué una ceja. Así que después de todo los Onams sí que poseían aquel don de la premonición del que tanto había oído hablar.
-Ya, bueno. ¿Qué quieres de mí?
- Yo no. El destino es el que quiere que estemos juntas.
Sonrió. Me sentí realmente incómoda. ¿Por qué siempre tenía que conocer a sujetos tan extraños?
- ¿Cómo te llamas? - Volvió a preguntar.
- Evanthe.
Hice una pausa. Ella seguía sonriendo estúpidamente.
-Será mejor que entremos. Seguramente ya habrá empezado la conferencia.
Me aproximé a el pasillo por el cuál el sujeto de cabellos negros había desaparecido y vi una pequeña puerta blanca. La abrí, entramos y llegamos a un enorme vestíbulo de cristal. Estaba a rebosar de gente, todos ellos parecían haber llegado de lugares muy lejanos. Y allí estaba. Justo en la puerta opuesta el joven cruzado de brazos se apoyaba en la pared. Volvió a mirarme a través de la multitud. Sabía que estaba allí. Me apresuré a caminar esquivando a la gente mientras Eunice me seguía con dificultad. Justo cuando llegué a su lado y me disponía a lanzar la pregunta, la gran puerta blanca que había subiendo unas escalerillas se abrió y una joven salió de ella. Se apoyó en el balcón, nos miró a todos y con sólo su presencia todos parecieron sentirlo. Aquel escalofrío. Un intenso rayo sacudió nuestros cuerpos. Y aquel sujeto había desaparecido.
Maldición.
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