Sentí que no podía mover ni un músculo del cuerpo. Miré a mi alrededor y todos parecían sentirse de la misma manera. Reinaba una atmósfera muy pesada, parecía oprimir nuestros pechos. Y nadie se atrevió a romper el silencio sepulcral. Nadie excepto ella. El ángel de la Paz.
-Bienvenidos seáis, viajeros venidos de todo Esitia.
Hizo una pausa. Una pausa que pareció durar eternamente. Su voz era como un eco del más allá, como si un verdadero ángel estuviese hablándonos en nuestra misma cabeza. Una voz dulce que acompañaba a un aspecto angelical, una joven pura, vestida con una túnica blanca que cubría sus manos y sus píes. Portaba una tiara que sobresalía por su frente, que acomodaba su pelo rubio rizado, una cabellera que parecía no tener fin. Me fijé en sus ojos. Parecí ser la única en hacerlo y ella pareció sentir mi mirada. Clavó sus ojos grises, casi blancos, en los míos y sentí otra vez, ese impulso. Un impulso que sólo ella y ese sujeto lograban hacerme sentir.
-Debo daros las gracias por tomaros la molestia de venir hasta Era. Algunos habéis tenido que soportar travesías realmente duras.
Se inclinó levemente. Todos sentimos que debíamos hacer lo mismo. En el más absoluto silencio todos nosotros hicimos una reverencia en honor a sus palabras y volvimos a alzar nuestras cabezas.
-Todos ustedes tienen una única misión. Sin embargo, esa misión es tan importante que de ella depende el mismo imperio. Se preguntarán por qué no envío a mis tropas a realizarla. No es que no confíe plenamente en ellos, sin embargo es muy probable que se desate una guerra contra nuestro imperio vecino, Seinar.
Entonces se rompió el silencio. Susurros y más susurros rondaron el vestíbulo. Caras de terror. De nuevo, la guerra. La última vez que Seinar y Esitia se enfrentaron unos a otros ocurrió una gran catástrofe. El mundo pareció partirse en dos, deseoso de acabar con aquella tragedia que diezmó la población. Seinar se vio obligado a acudir al señor de las tinieblas, el gran destructor, Garón. Y este imperio, como contraposición a Seinar, también contrató los servicios de la reina creadora, Lux. La guerra dividió a la población, se apoderó de los corazones de los habitantes, los llenó de odio. Un odio que a la larga decepcionó a los dioses. Ellos mismos huyeron de este lugar maldito, y su regalo de despedida fue La Catástrofe.
-Por ello mis tropas deben de estar preparadas para todo. No puedo cometer el menor fallo. Si eso ocurre, todo terminará.
"Su misión es, pues, partir en búsqueda de aquel objeto que puede llevarnos a la victoria."
-La piedra de Arise. - Susurró Eunice.
¿En qué demonios estaba pensando? ¿Estaba poniendo en juego el imperio entero en encontrar una piedra de la que sólo se había oído en leyendas?
-Pero, majestad, si me permite... Esa piedra... Se rumorea que se encuentra en las profundidades de...
-Sí.
El joven desató a la convención. Todos parecieron entrar en cólera. En parte entendía a qué se debía. Ir a ese lugar era un suicidio. Una marea de gente abandonó el vestíbulo, bufando, atemorizados, enfadados. Y ante mis ojos me dí cuenta de que sólo unos pocos, no más de diez, seguíamos allí. Miré a Eunice, ella parecía paralizada de horror. Las piernas le temblaban. Puse una mano en su hombro. Supuse que había visto alguna premonición en cuanto a lo dicho, y no quería saber lo que había visto, a decir verdad. Volví la mirada hacia el balcón de mármol. Eva descendía por las escaleras de cristal como si flotase, sin tocar el suelo. De la puerta aparecieron dos personas más.
-Te dije que no funcionaría. Deberíamos dejar que se marchasen a casa y buscarla por nuestra propia cuenta. -Dijo uno de ellos. Le conocía. No había cambiado en mis diez años de profesión. Ni una pizca. No había envejecido en lo más mínimo. Alexander el Inmortal, el Asesino de Dragones... tenía muchos nombres. Se rumoreaba que existió incluso antes de que este imperio fuese fundado, y que en una batalla intensa contra Garón destruyó a su ejército de dragones con un hechizo que absorbió sus almas y las depositó en su cuerpo. Nadie sabe nada más de él, sólo que está allí, que el tiempo no pasa por él, que fundó una academia de magia y que con ayuda de sus discípulos se encarga de mantener activa una barrera de luz que impide que la oscuridad de Seinar engulla toda Esitia.
- ¿Qué estás diciendo? Aún veo a gente capaz aquí.
Y me lanzó una mirada, y luego miró a Eunice, y a los pocos que no habíamos huido ya fuese porque estábamos tan atemorizados que no podíamos movernos, ya fuese porque no teníamos nada que proteger, porque estábamos vacíos. Y eso pretendía llenarnos. Sentí una llamarada en mi interior. Un fulgor que había desaparecido con el paso del tiempo. Eso que se perdió el día que La Catástrofe...
Y mis pensamientos se vieron interrumpidos, porque entonces sentí una voz en mi cabeza.
"Sabía que volverías. Y yo estoy aquí para protegerte, como juré, mi amada Aria."
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