jueves, 13 de febrero de 2014

Capítulo V

Durante nuestra estancia en el Castillo de la Luz se nos ofreció todo tipo de manjares, las mejores armas, armaduras de lujo... Inclusive el mismo Asesino de Dragones había empezado a asistirnos para mejorar nuestras técnicas de combate. No muy lejos de Era había una torre altísima que parecía llegar al mismísimo cielo, y en ella éramos encerrados periódicamente con el susodicho. Una especie de examen. Un examen que podía costarte la vida. Consistía en asestar un golpe a Alexander. Sólo uno. Ya os podríais imaginar qué tan complicado podía ser. De los ocho que éramos al principio, dos desistieron ante el durísimo entrenamiento y otros dos murieron en el intento. Alexander no era de esos que se contenían demasiado, si te empeñabas en huir de él en vez de enfrentarle con astucia y sigilo, no dudaría en matarte. Por suerte, en ninguno de esos cuatro estaba incluida Eunice, quien se había convertido en alguien muy importante para mí. Al principio pensé que era un poco ignorante del mundo, soñadora de ilusiones estúpidas, demasiado positiva... pero mi visión de ella había cambiado radicalmente. De hecho, ella misma parecía haber cambiado. Era la más fuerte de todos nosotros. Se había empeñado en entrenar con la espada más gigantesca que se nos había ofrecido, y su físico se había fortalecido, había crecido, su porte dejó de ser el de una muchacha noble, cortó sus cabellos, y se convirtió en una verdadera guerrera. Yo no notaba haber cambiado en absoluto, seguía intentando utilizar  lo que la naturaleza me ofrecía para atacar. En uno de aquellos combates intensos contra Alex utilicé una pila de libros polvorientos para lanzárselos mientras rápidamente me colocaba detrás suyo para asestarle un golpe. No poseía mucha fuerza física, al contrario, ahora era muchísimo más ligera que antes. Había adelgazado hasta el punto de parecer flotar mientras corría rauda. Alexander admiraba tal velocidad de reacción y de movimientos, cosa que me hacía sentir realmente orgullosa. Junto a nosotras dos había otros dos jóvenes. Uno de ellos era alto y no muy robusto. Tenia el pelo de color ceniza y los ojos de un tono carmesí. Era un albino, probablemente procedente de las tierras del norte. El joven entrenaba de forma diferente a nosotros, diría que hasta más intensamente. Al parecer era discípulo de Alexander desde antes que aquellas cartas fueran enviadas, y como gran admirador de éste, había decidido que le seguiría hasta el fin del mundo si hacía falta. La última persona era la mismísima Eva. A todos nos sorprendió cuando ella misma se presentó a realizar el viaje, abandonando su puesto y dejándolo en manos de Gabriel, uno de los compañeros de Alexander, del que también se contaban muchas leyendas. En realidad Alexander y él tenían una cierta rivalidad, puesto que ambos son conocidos por ser entes inmortales, seres más allá de lo humano, como hijos de los dioses. Eva confiaba plenamente en Gabriel, quien se había mantenido fiel a ella desde su nacimiento en los confines de Kuvera. Eva había decidido que debido al poco éxito que había tenido la misión y a los pocos voluntarios o "héroes" , como nos llamaba ella,  se había visto forzada a esto. Ella también había cambiado, y a la vez seguía siendo igual de angelical. Cuando estaba con nosotros se convertía en una muchacha vivaz, alegre... lo típico para una niña de apenas quince años. Pero cuando volvía a la capital a ejercer de emperatriz volvía a ser aquella mujerzuela angelical, que no parecía tener ningún sentimiento hacia nada.
También había otra persona. Una persona que con el paso del tiempo había comprendido que no existía para nadie excepto para mí. Había visto como todos le traspasaban sin siquiera notar su presencia. Pero allí estaba, siempre. Incluso en las noches hacía guardia en mi puerta. Llegué a pensar que me estaba volviendo loca, traté de ignorarle, pero no podía. Su mirada se clavaba con tanta intensidad en mi figura que era imposible no sentir aquel impulso en mi cuerpo. Había tratado de hablarle, pero él nunca contestaba. Solamente me miraba, con una cierta amargura, como si estuviese esperando algo de mí y viese ese deseo cada día más lejos. A veces desaparecía durante días enteros y un buen día volvía.
 Finalmente el día llegó. Después de meses de duro entrenamiento por fin estábamos listos para partir.
Eva nos había aclarado que tendríamos que salir de la capital antes del amanecer. No debía dejar que la gente supiese que había partido hacia un lugar remoto o esto daría a Seinar una oportunidad de empezar la guerra lo antes posible. Muy tempranamente todos fuimos levantados por Alexander, nos vestimos lo mejor que pudimos, todos nosotros con una armadura de color oscuro. Me fijé en que esta, al contrario que la de los guardias de Era, no tenía el escudo real, ni ninguna otra marca. Solamente era una armadura corriente. Guardé mis armas en un cinturón de cadenas que llevábamos atado a las grebas, metí las provisiones en una mochila de cuero y partí. Miré hacia atrás. El sujeto se había levantado, se había acomodado la enorme armadura de escamas negra y roja que siempre portaba consigo, y me seguía. Tenía que admitirlo, pese a que no hablase y solamente estuviese allí, agradecía su compañía y me había pasado a sentir realmente cómoda cuando estaba. Incluso me había preocupado cuando pasaba días sin volver.
Me encontré con Eunice, Alexander, Eva y Gilbv. Trepamos por la muralla con dificultad, nos colgamos de las ramas de los árboles y justo cuando me disponía a balancearme, la rama en la que estaba apoyada cedió y me vi cayendo al vacío. Sentí unas manos ásperas y calientes cogerme por los brazos. Y entonces lo confirmé. Él era tan real como cualquier otra persona. Me ayudó a bajar camuflándose entre los arbustos y finalmente me posó en las ramas bajas. Descendí sin una herida, y vi en su rostro serio rasguños de hojas. ¿Cómo era posible?
-¿Estás bien, Evan?
Eunice parecía un tanto preocupada. Vio las marcas de unos dedos en mis brazos y frunció el ceño. Me apresuré a evitar su mirada.
-Sí, sí. Tranquila. Solamente me hice unas marcas intentando colgarme de otras ramas.
Sonreí para tranquilizarla, y pareció funcionar. Nos reagrupamos con los demás y proseguimos el camino hacia el sur, hacia la enorme pradera de Lux. Un lugar lleno de vida, donde todo tipo de seres habitaban, donde los espíritus fluían libremente, jugaban en la copa de los árboles... Donde los riachuelos parecían estar hechos de espíritus líquidos que danzaban, muy juntos unos de otros. Había estado más de una vez allí por encargos. Matar a cierto monstruo, buscar a cierta persona... Pero nunca me había tenido que alejar de la capital hasta el punto de no ver la muralla. Y nosotros teníamos que cruzarla.
Me aparté del grupo, ralentizando el caminar, y por primera vez caminé al mismo ritmo que aquel sujeto. Siempre había ido por detrás mía, y temía que en cuanto me echase hacia atrás él también lo hiciese. Pero ahí estábamos, caminando codo con codo.

-Gracias.  -Dije. Sabía que no me respondería. Y también que seguiría con aquella cara seria, como había hecho en los últimos meses pese a mi insistencia en hablarle e intentar que se comunicase. Le miré con el rabillo del ojo y en su cara se había dibujado una sonrisa, no muy amplia, apenas podía distinguirse, pero lo suficientemente nítida como para hacer que el corazón se me acelerara.

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