martes, 18 de febrero de 2014

Capítulo VII

Athan era un chico tímido al que le costaba expresarse y hablar con los demás. A veces notaba que parecía intentar descifrar mis expresiones mientras mantenía una conversación con él, como si realmente no supiese cómo interpretarla, como si hubiese nacido ayer mismo. ¿Esta era la magia de Alexander? ¿Tan poderosa como para crear una persona a su antojo, reviviéndolo de la muerte, independientemente de lo que fuese en su anterior vida? Me resultaba aterrador. Desde el día en el que aquello sucedió, el joven de ojos rojos caminaba muy por detrás de nosotros y volvía a ausentarse, aunque por cortos periodos de tiempo. También acampaba lejos de nuestra hoguera, reposando en un árbol cercano.

Por fin atravesamos la pradera. Frente a nosotros había un puente levadizo sujeto por unas viejas cuerdas, que estaban agarradas a los gruesos troncos de aquellos enormes árboles musgosos que habían cubriendo casi toda la selva. Aquel paraje verdoso parecía haber sido olvidado por ambos imperios. La hierba había cubierto todo lo que antiguamente parecía haber sido una calle. Era un ambiente húmedo y templado. Pasamos por el puente, que no parecía muy seguro ya que crujía a cada paso que dábamos,  y pese al abandono del lugar, todavía quedaba un pequeño rastro de aquel camino; seguramente una ruta de peregrinaje, o meramente comercial. El lugar rebosaba vida. Pájaros de múltiples colores y tamaños piaban en la copa de los árboles, pequeños conejos blanco de largas orejas nos miraban tímidamente entre la hierba e incluso me había parecido ver algún que otro tipo de mono balanceándose en las ramas de aquellos enormes árboles. El camino, hecho de madera, estaba construido sobre una serie de precipicios de altura media en los que alcancé a ver remansos de agua cristalina y tranquila. Fuimos descendiendo por aquel camino hasta que este derivó en un camino de piedra ya en tierra firme. Más adelante habían unas pequeñas cabañas mugrosas y justo en frente un pequeño muelle de madera construido en la orilla de una enorme laguna llena de nenúfares y flores azules.

Eva y Alexander decidieron que pasaríamos la noche en aquel lugar, que podíamos tomarnos el día libre para explorar a nuestro antojo el lugar, ya que no era peligroso en absoluto. Por primera vez desde que había llegado a la capital pude tomarme un verdadero descanso. Eunice, Gilbv, Athan y yo nos deshicimos de nuestras pesadas armaduras dejándolas acumuladas en una de aquellas chozas y nos estiramos, como si estas hubiesen entumecido nuestros cuerpos. Decidimos que cada uno iría a explorar por una parte diferente del bosque, cazaría algo para la cena y que nos reuniríamos allí al ponerse el sol. Eva y Alex decidieron que se quedarían allí y encenderían un fuego.
Comencé a explorar aquel hermoso lugar. Era una naturaleza casi inalterada, incluso los animales se acercaban a mí, curiosos. Me sentí apenada por aquellos animales que parecían desconocer la crueldad humana, por lo que abandoné mi plan de caza y me dediqué a observar con interés los frutos que colgaban de esos árboles. Estaban demasiado lejanos. Intenté trepar por sus gruesos troncos pero me resultaba imposible, estaban demasiado resbaladizos ya que el ambiente húmedo había hecho que todos estos estuviesen llenos de musgo, moho, y otras plantas. Rodeé la laguna y al norte encontré algo. Era otro puente, tal y como el que estaba en la entrada, pero este llevaba a una cueva un tanto extraña. Era perfectamente cuadrada, así que debía de haber sido modificada por el hombre. ¿Adónde llevaría? Me adentré tímidamente. No estaba segura de si debía. La luz se perdía en aquella cueva de gran profundidad. Me mantuve pegada a una de las paredes de tacto rocoso, cuando mis manos notaron algo diferente. Ya no era una cueva. Era una verdadera obra de arte. Poco antes de que la luz se perdiese se alcanzaba a distinguir lo que parecía ser un pasadizo con pinturas en sus paredes, grabados de una simbología muy arcaica, en las que habían incrustadas piedras relucientes. Decidí que volvería muy tempranamente a aquel lugar, con una antorcha, ya que se estaba haciendo tarde y aún no había encontrado nada para comer. Retomé el camino alrededor de la laguna y examiné todo tipo de plantas, hasta que encontré una de aspecto conocido. Recordaba haberla visto en el último pueblo que estuve de camino a la capital. Arranqué unos cuantos hierbajos y volví a la zona de las cabañas. Eunice había cazado algunos peces, Athan había atravesado con una improvisada lanza a un pájaro y los demás habían encendido el fuego y colocado una olla de un material metálico encima de los troncos ardientes. Hicimos un caldo con el ave y las hierbas, y asamos los pescados.
Alexander se había pasado todo el rato leyendo un libro al que Eunice había echado un vistazo y había afirmado no entender ni papa. Levanté la mirada y vi que estaba mirándome tal y como llevaba haciéndolo desde que Athan fue creado. Como si fuese un objeto digno de estudio. Una mirada muy incómoda. Y Eunice también parecía notar que este actuaba de forma extraña, que unido a el por qué la espada del demonio había quedado paralizada en el aire ante sus ojos, la perturbaba.

Después de la cena me acerqué al muelle y empecé a entretenerme con el agua. Metí las piernas en esta. Estaba sorprendentemente cálida. Me dejé caer a en ésta con las manos aferradas a la madera. Se sentía bien un poco de agua después de duros días de travesía bajo un sol ardiente. Intenté tocar el suelo con la punta de los dedos del píe pero el agua tenía pinta de extenderse varios metros más hacia abajo. Hundí la cabeza en el agua y abrí los ojos. No podía distinguir nada con los pocos rayos de sol que sobresalían de las montañas y atravesaban los árboles. Cerca mía vi una pequeña embarcación con pinta de no haber sido utilizada en varias décadas. Ascendí al muelle y con ayuda de una rama la atraje hacia él. En su interior había un remo hecho de una madera ya podrida, pero aún así lo cogí y me subí en aquel bote. "Me habría gustado aprender a nadar, así no tendría que tomar un bote para llegar al centro de este hermoso lugar" pensé.  Después de un tiempo dejé de remar, dejando que el agua me impulsase, mientras observaba las delicadas flores azules de las que habían empezado a salir pequeños insectos luminosos. Apoyé la cabeza en el borde de la embarcación mientras jugaba con aquellos insectos que se posaban en mi mano y dejaban una estela de su luminosidad en mi mano. Pronto oscurecería. Tenía que volver. Pero empecé a sentirme cada vez más pesada, los párpados luchaban por mantenerse abiertos... Y oí un chapoteo en el agua. Me sobresalté. ¿Habían venido Athan o Eunice a buscarme desde la orilla? Pero no vi absolutamente nada. Volví a oír aquel chapoteo, ahora mucho más cerca. Decidí que era hora de volver. Cogí el remo que había dejado reposando en el agua y tiré de él. No podía sacarlo del agua. Algo estaba tirando de él también. Se partió en dos y me sobresalté ante el sonido. ¿Qué haría ahora? Oí un burbujeo bajo el bote. Fuera lo que fuese que había allí estaba justo debajo de él. Hubo un estruendo, y una marea de agua se vino encima mía. Algo había salido del agua. Miré al cielo. Una mancha roja se balanceaba de un lado a otro con un vuelo irregular. Volvió a caer en picado al agua. Y volvió a salir. Esa cosa... estaba realmente debilitada. Y sabía exactamente qué era, y quién era. Empecé a remar con ambos brazos, pero fue inútil. No podía acercarme así que como pude me puse de píe en el pequeño y endeble trozo de madera.
- ¡Ven!
Grité con todas mis fuerzas. No estaba segura de lo que estaba haciendo. Pero algo me decía que era lo único que podía hacer. El ser, ascendió, descendió y voló hacia mí con gran velocidad. Sentí como la escamas me rasgaban todo el cuerpo, y como el bote cedió bajo mis pies, también como el agua me cubría y dejaba sin respiración. Pero no iba a soltarlo. Y así me hundí, abrazada a un dragón de color rojo, tal y como había ocurrido la primera vez que le vi.

No hay comentarios: