domingo, 16 de marzo de 2014

Capítulo X

- Es normal que tengas esa cara. Después de todo, no recuerdas nada. Hay muchas cosas que debes saber, como que tú en tu tiempo fuiste devastadora. Es una pena que nunca se te considerase una diosa - Siguió avanzando - Hasta tus propias criaturas te dieron la espalda. Y pensar que el único ser que te aceptó como tal fue Tyr, alguien que se oponía a tu propia civilización. Por culpa de su egocentrismo te rebajó a lo que eres actualmente; una simple humana cuya personalidad fue creada por un dragón que murió tiempo atrás.

-Lo mataste.

-Sí, lo hice, al igual que con todos. Pero era algo que debía hacer o tu creación nunca prosperaría como lo ha hecho hoy. Aria, diosa de la creación, mira al pueblo al que creaste. Hasta yo, el mismísimo demonio rey de los infiernos he decidido honraros adoptando esta forma. He de agradeceros tantísimo...  -Me miró directamente a los ojos con un destello en los suyos - En mis millones de años nunca me había divertido de tal manera como con esta especie. Una especie débil, influenciable, corrupta... sólo piensan en su propio beneficio y recurren a lo que sea para obtenerlo. Son algo digno de ver. Una verdadera distracción. Una pena que Lux y Garon estuviesen en contra de ella; incluso los noté un poco atemorizados. Pero gracias a todos estos seres - tocó una gárgola de piedra - y a todos esos dragones logramos evitar la destrucción de nuestra única distracción. Y así, querida Evanthe,es como se creó aquella falla enorme que divide el mundo en dos. Algunos de etos demonios, divertidos, se transformaron en tus creaciones y blasfemaron a los dioses, dividiendo a la población en los seguidores de Lux, al oeste, y los de Garón al este.

-Dividisteis el mundo.

La idea de que era una creación tal y como lo era Athan me golpeó con fuerza. No era más que algo ya definido. Un ser llamado Tyr me había hecho tal y como yo era. Tomé aire con fuerza, alejando esos pensamientos de mi cabeza y manteniendo una actitud calmada ante Alexander, que parecía divertido`ante aquella situación. Debía contárselo a Eva y los demás. Alex no era una deidad, era un demonio, y probablemente nada bueno saldría de este viaje.

-¿Por qué me cuentas todo esto? Me refiero. ¿Por qué ahora?

Soltó una risita más bien desagradable y enarqué una ceja.

-No hubo ocasión. No quería tener problemas con los demás. Después de todo, ellos creen que soy una especie de Dios. Y es normal que lo crean, porque nosotros los demonios creamos toda su mitología. Es normal que los dioses abandonaran este lugar hace mucho, si los humanos hacíais más caso a el mal que a el bien.
Se encogió de hombros.

-¿Qué planeas? ¿Por qué buscas la piedra de Arise?

-Recuerda que adopté esta forma. Puede que sea un demonio, y todo lo que quieras, pero al tener este cuerpo humano necesito de lo básico. No necesito de comer, ni beber, ni ninguna otra necesidad fisiológica pero mi poder se ve afectado ante el balance ya roto entre Seiren y Esitia. Vuestro mundo fue dividido más allá de lo ideológico. Para ser exactos Esitia y Seiren son como las fichas de un ajedrez; en una continua batalla por ver quién engulle primero a quién.
-¿Necesitas la piedra tanto como Esitia?

Asintió, comenzando a subir unas escalera de piedra negra. ¿Qué era la piedra de Arise? No tenía ni idea de qué poder albergaba. ¿De verdad podríamos confiar en su poder? ¿Nos llevaría a la victoria?

-¿Qué sabes de la piedra?
-Sólo sé que existe. Bueno, más bien que existió. Formaba parte del bastón de Lux, y recuerdo haberla visto en el campo de batalla. Sin embargo, después de dicha batalla contra los dioses, la busqué incesantemente sin éxito. Después de la catástrofe envié a aquellas estúpidas criaturas a buscarla, pero ninguna de ellas la encontró. Y no podía haberse desvanecido en el aire. La busqué uno por uno, atravesándolos si era necesario. Y aún así, no la encontré.

-¿Y crees que todavía podría estar en la falla?

-A decir verdad no tengo ni la más remota idea. Pero es la única pista que tenemos. Y la única salvación.

El mismísimo Alexander acababa de afirmar que aquella piedra estaba en paradero desconocido y que no era seguro que estuviese en la falla.

-¿Estúpidas criaturas?
-Dragones. En el pasado las criaturas más temibles de todas. Ahora sólo una leyenda.

Estaba claro que Alexander no tenía ni idea de que había mantenido contacto recientemente con uno de ellos. Seguimos ascendiendo hasta llegar a una sala iluminada en el centro por un rayo de luz que se colaba por una grieta en el lejano techo de piedra. Este se acercó y miró el salón con curiosidad y a la vez... preocupación.
-Esta sala...
-¿Ocurre algo?
Soltó una carcajada desganada.
-Ya lo sé. Por qué no conocía esta civilización. Este lugar no fue creado por humanos. Fue creado por Él. Ese bastardo.

Giró sobre sí mismo con brusquedad y dió una patada al muro que hizo temblar toda la estructura. Tras una pausa volvió su mirada claramente enfurecida hacia mí y caminó a zancadas hasta que sentï su aliento en mi frente.
-Tú lo sabías.
¿Qué demonios te ocurre? No tengo ni idea de qué estás diciendo.
-¡Ese desgraciado ha estado tras de ti todo este tiempo!
Levantó la mano en un gesto amenazador y aproveché el momento para desenvainar su espada y retroceder sin darle la espalda. Iba a matarme, lo presentía, pero aún no entendía por qué. Sabía que no era rival para este, y que podría parpadear y seguido morir pero me esforcé por mantener el miedo a raya. Temblorosa, tomé la decisión de atacar y lancé una estocada contra él que fue agilmente evadida con un sutil movimiento. Vi su mano acercarse directamente a mi cara y antes de que pudiese tocarme algo le hizo retroceder dando un salto hacia atrás. Algo pasó volando cerca de nuestras cabezas y Alex pareció sentirla en el último instante. El objeto se clavó en la pared de piedra hasta su empuñadura. Era una espada. Una espada de empuñadura roja y que brillaba en un tono rojizo. Vi una sombra pasar con rapidez y esquivar un ataque directo de Alexander. La neblina se agitó como si tuviese vida propia y empezó a ondear alrededor de la sala.

-¡TYR! -Gemió el demonio con una voz inhumana y salida del mismísimo infierno. Conjuró algo y una llamarada se creó de aquella neblina yendo directamente hacia la sombra humeante que yacía frente a él. Un destello blanco se tragó aquella llamarada y se desintegró dejando tan solo una pequeña luz flotante que desapareció. La sombra fue hacia su espada y la empuñó. Era aquel sujeto que me había seguido desde el principio de mi viaje. Tras empuñar su espada vi su figura ya sin aquella sombra humeante que le cubría y rápidamente se avalanzó contra Alex propinándole un golpe dirigido hacia la cara que este rechazó con sus manos y luego dándole una serie de estocadas que pese a haberse clavado en la piel del susodicho, no parecían surgir efecto.
Yo también deseaba ayudar; sabía que si Alexander vencía entonces eso significaba mi fin.

-¿DÓNDE ESTÁ LA PIEDRA, TYR? - Repetía incesablemente mientras atacaba a este con sus garras - ¡HABLA, INÚTIL!

Tyr se impulsó con el cuerpo dejando caer todo su peso en su espada, que descargó en la mano del demonio destrozándola y haciendo que este retrocediese.

-Debes ser muy ingenuo si crees que responderé a algo así.

Después de meses escuché su voz, una voz grabe pero que indicaba que no era mucho más mayor que yo. Su eco resonó por el lugar mientras Alex soltaba una risotada y su mano se recomponía como por arte de magia.
-Es una orden de tu maestro y creador. Vamos, Tyr, no puedes desobedecerme.
-Y no lo he hecho. Mi misión era, desde un principio, la protección de Aria bajo cualquier circustancia. Esto no incluye que debiese ser totalmente fiel a ti.
-¿Acaso no es obvio?
-Cuando dibujaste mi personalidad no mencionaste que te debía absolutamente nada. Ahora soy una entidad independiente de ti. Protejo a Aria bajo mi propia devoción.
-Después de haber fallado, no creo que sirva de mucho. Aria murió hace ya mucho tiempo. Esta mujer no es más que un residuo de lo que ella dejó. ¿Crees que por estar día tras día tras ella eso recompensará su muerte?
-No seas estúpido. Protegí a Aria. Y sigo haciéndolo y seguiré haciéndolo eternamente. La protegí de ti, un demonio codicioso que tan sólo deseaba atarla a él - se acercó a mí y cogió mi mano con extremada suavidad, dándole la espalda al enemigo - Maestro, yo maté a Aria para alejarla de usted.

lunes, 24 de febrero de 2014

Capítulo IX

Athan siguió hacia adelante en guardia. Le temblaba la mano, estaba claramente asustado. Le seguí, aunque estaba totalmente indefensa, había olvidado mis armas en las cabañas musgosas, además de estar magullada por todos lados. Un sonido fantasmal se oyó y el eco resonó por todo el pasillo. Ambos nos estremecimos. Cuando éramos incapaces de ver más allá nos detuvimos y escuchamos afuera la voz de Eunice llamándonos. Nos giramos y vimos a lo lejos las siluetas de los cuatro jóvenes, Alexander con una pequeña llama flotando en la palma de su mano.

-¿No habíamos quedado en la entrada? - Resopló Eu, pegándole un pellizco a Athan.
-Es igual, estamos aquí - Intervino Alexander - Y ciertamente sí que es algo muy interesante - giró sobre si mismo, contemplando a su alrededor con curiosidad - Pero me temo que será inútil. No conozco esa simbología, debe de ser o muy antigua o muy moderna.

Pasó las manos por las paredes, palpando los grabados, para luego seguir adentrándose. Le seguimos con cierta curiosidad y temor.
-No me agrada este lugar. Tiene una atmósfera muy pesada, como si el aire ejerciera más presión de lo normal - Añadió Eva.

Era anormal escuchar hablar a Eva, por lo que esto aumentó aún más nuestra inquietud. Debía de haber algo allá, más adelante, pero ¿Qué sería? ¿Nuestra muerte, quizás? Me recorrió un escalofrío y apreté los dientes. Presentía que algo malo iba a ocurrir, y suelo acertar. Seguimos andando largo rato hasta que el camino descendía en unas escaleras que parecían no tener fin. Nos miramos unos a otros interrogantes ¿Debíamos seguir? Alexander comenzó a descender, así que todos le seguimos.
-¿Quién demonios ha construido algo tan profundo? ¿Y por qué? - Se quejó Eunice - Luego tendremos que subir. Y lo siento mucho pero, Athan, vas a tener que cargar conmigo porque no soporto subir escaleras...

Athan reprimió una mueca. Se rascó la nuca y objetó que le dolía la espalda. Eunice le pegó otro pellizco y se quejó. Agradecía que ambos hiciesen el ambiente un poco más sereno... Sólo de pensar que podría haber hecho este viaje solamente con Eva, Alexander y Gilbv, quienes apenas mencionaban palabra...
Por fin llegamos al final de aquellas escaleras. Llegamos a una amplísima sala redonda con aquellos símbolos aún en sus paredes de roca. En el suelo, justo en el centro, había un círculo con un grabado muy extraño, pero familiar. Recordaba haberlo visto en algún lugar, pero no exactamente dónde.  Una ventisca nos cegó a todos y todo el lugar se llenó de una neblina densa de un color miel, que brillaba intensamente, provocando pequeños destellos y reflejándonos en ella. Moví la mano. La neblina parecía dibujar figuras extrañas a nuestro alrededor.
- Magia - explicó Eva.
- Tened extremo cuidado. Tiene pinta de haber algo encerrado aquí - Añadió Alexander.
Eunice sacó la espada de la funda.
- ¿"Algo"?
- Algo que probablemente quiera comernos - Contestó Gilbv.

Oímos de nuevo aquel quejido inhumano. Athan y yo volvimos a estremecernos. Parecía estar muy cerca, diría que hasta en la misma sala. Me llevé la mano a la pierna para de nuevo buscar mis armas, que había dejado a las afueras. Pero algo sorprendente había sucedido. Las heridas habían desaparecido sin dejar cicatriz. Quizás había sido cosa de la savia, pensé.
La sala ahora se distinguía a la perfección gracias a aquella extraña niebla, y se veían tres caminos diferentes; norte, este y oeste.

-¿Y bien? ¿Deberíamos separarnos? -Preguntó Eunice, inquieta.
-Creo que es lo mejor. Gilbv y tú iréis por el norte, Eva y Athan por el este y Evanthe y yo iremos por el oeste - Cogió del brazo a los dos muchachos - He introducido algo de mi magia en vuestro interior, así podré saber vuestra localización y si algo está ocurriendo. Sed cuidadosos, no sabemos qué puede haber aquí. Si encontráis algo como una puerta con una cerradura... cualquier cosa, usad esto - Y dió a ambos una especie de amuletos con algo escrito - Esto os ayudará.
Ambos asintieron y cada pareja fue por un camino diferente. Sentí que el nerviosismo aumentaba, hasta el punto de que quería gritarle a alguno de ellos que sería mejor que no nos separásemos. Por alguna razón Alexander me ponía de los nervios. Comenzamos a andar lentamente,  sin hacer ningún comentario en todo el tiempo. Miré hacia arriba; era un lugar muy alto, de hecho no podía distinguir el techo. El camino desembocó en dos escaleras con estatuillas de barro a ambos lados. Dibujaban unos personajes alados,  de ojos rasgados y con enormes colmillos.

- ¿No te resulta extraño?
Preguntó él.
- ¿A qué te refieres?
- Yo, un gran conocedor del mundo, alguien que ha viajado eternamente por milenios, que ha conocido todas las lenguas habidas... ¿Cómo es posible que no sepa nada de esta?
Lo dijo como si se tratase de una adivinanza.
- No lo sé. A lo mejor hubo aquí una civilización que quería que nadie supiese de su existencia.
Hubo una larga pausa.
- ¿Por qué querrían tal cosa? ¿Acaso piensas que podrían vivir en este lugar infértil eternamente?
- Por lo visto no lo consiguieron. ¿Ves a alguien aquí ahora mismo?
Alexander reprimió una carcajada.
- No, y tampoco veo sus restos.
Sonrió de medio lado. Parecía dispuesto a hacerme entrar en pánico.
-Relájate. Tengo mucho que contarte, y no voy a matar a alguien que ya está muerto. Aunque sería un placer arrebatarte de tu terrible destino.  Ese maldito Tyr sí que era inhumano...
Y volvió a reir.
-Y se quejan de mí. Venga ya, vale que maté a todos aquellos dragones y absorbí sus almas pero al menos tuve la decencia de no rebajarlos al tamaño humano y ponerles destinos tan horribles...  ¿No es inhumano?
- ¿De qué hablas?
Empezaba a sentirme mareada, y a punto de estallar. Me dolía la cabeza, y me daba vueltas, y aquella neblina no hacía más que reflejar cosas extrañas...
- Todo a su tiempo, mi amada Aria.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Capítulo VIII

Me desperté con las voces de Eunice y Athan. Debido a la humedad mi ropa aún seguía mojada y más encima, estaba rasgada por todos lados. Me ardía el cuerpo por culpa de las numerosas raspaduras y arañazos que tenía por todos lados. Me puse de rodillas e intenté levantarme, pero no pude, por alguna razón.
- ¡Evan! - Oí. Vi venir corriendo a Eu seguida de Gilbv y Athan. Todos parecían muy preocupados - Dios mío ¿Qué ha pasado? Rápido, debemos llevarla a la cabaña para que Alexander le eche un vistazo a esas heridas.
-¡No! ¡Estoy perfectamente, en serio! Sólo son heridas superficiales y curarán enseguida.
Eunice arrugó la frente.
-No seas estúpida. Esas heridas parecen algo más que superficiales, de hecho, me parece que la razón por la que no puedes levantarte es porque has sangrado más de la cuenta. - Cogió mi brazo y se rodeó con él, ayudándome a levantarme - Además, podrías contagiarte de algo. Recuerda que no estamos en territorio conocido, y que no debemos retrasarnos. No correremos ese riesgo.

Rápido. Tenía que pensar en alguna distracción. No podía dejar que el Asesino de Dragones viese unas heridas que sabía que reconocería al instante. Y no creo que fuese buena idea hacer saber a el supuesto exterminador de dragones que anda uno suelto por ahí y que es un conocido mío.

-¡No, espera! Hay algo más importante que esto. He encontrado un pasadizo muy extraño no muy lejos de aquí... Es una cueva, está llena de símbolos extraños en las paredes y...
Ella arrugó más la frente.
-Creo que Alex podría descifrarlos y serían de ayuda. De todos modos, estamos aquí y no perdemos nada por intentar ver qué hay al otro lado.
Esto pareció convencerla, aunque seguía dubitativa. Finalmente asintió.
-Gilbv, si no te es molestia... ¿Podrías ir en busca de Alex y Eva? Diles que luego recogeremos las armaduras y retomaremos el camino, pero que hemos encontrado algo que podría resultarles interesante.

-Sin problema - Y echó a correr.
Athan se quedó allí sentado durante largo tiempo, mirándome con nerviosismo. Finalmente se levantó y acercó a ambas, rígido y claramente incómodo.

-Creo que al menos deberíamos limpiar las heridas y poner algunos trapos de tela encima. Es cierto que en estos climas tropicales pueden contraerse todo tipo de infecciones, incluso alguna de ellas podría ser mortal - Hizo una pausa. Había hablado increíblemente rápido, con una vocecilla temblorosa que indicaba una personalidad insegura de sí misma. - Incluso podríamos usar la savia de estos árboles para crear un bálsamo que proteja esas heridas. No tienen buena pinta.

Eunice le aplaudió, cosa que pareció asustarlo. Seguramente también era la primera vez que veía aquel gesto, o al menos, no recordaba haberlo visto antes.

Desde que Athan se había unido al grupo Eunice se había encargado de enseñarle todo tipo de expresiones, de explicarle el mundo tal y como era. Ella también parecía estar en contra de lo que El Inmortal había hecho, pese a que no era algo necesariamente malo pero sí que estaba fuera de toda ética. Había matado a alguien para revivirlo y posteriormente convertirlo en su esclavo, seguramente contando que Athan seguiría siendo aquel muchacho ignorante que él había creado. Y justamente por intentar que este tuviese una personalidad lo suficientemente fuerte como para algún día escapar de la esclavitud para la que había sido creado, era por lo que Eu se esforzaba en ello.
El joven asintió, claramente avergonzado.

Entre ambos se esforzaron por lograr hacer una hendidura en aquellos troncos, hasta que un líquido blanco y viscoso salió de estos. Cogieron una hoja grande y colocaron el líquido en ella, luego aplicándomela encima de todas las heridas. Ardía mucho, pero era buena señal, significaba que estaba curando. Luego Athan improvisó unos trapos con nuestras camisetas y los colocó en las heridas más grandes. Les llevé hasta el puente levadizo y señalé con el dedo a aquel misterioso lugar. Eu suspiró con pesadez.

-Otro maldito puente de cuerdas. ¿Por qué demonios no construyen algo más estable? - miró a Athan y le pegó un empujonazo - quédate aquí con la señorita. Yo iré a buscar a los otros dos y nos encontraremos aquí. ¿Vale?

Asintió. Se despidieron de un choque de manos y este cruzó el puente mientras la joven corría hacia el interior del bosque. Me adentré un poco en la cueva y me detuvo.

-La Gran Eunice dijo que esperásemos en la entrada. Podría ser peligroso ir solos.

La Gran Eunice pensé. Reí por lo bajo y le dí unas palmaditas en la espalda con suavidad.

-No siempre tienes que obedecer lo que te manden a hacer. Puedes pensar por ti mismo, y hacerlo. Eres libre, porque puedes pensar.  Si simplemente esperas a que los demás te digan qué tienes que hacer y hacerlo sin rechistar es porque no estás viviendo realmente.

Él no pareció entenderlo, pero no me detuvo cuando seguí adentrándome, es más, me siguió. Llegué hasta la zona donde la cueva desaparecía para desembocar en aquel pasadizo construido en un suelo de baldosas rojas  y una gran variedad de colores en las paredes. Oí un ruido extraño y seguido una ventisca nos golpeó a ambos. Athan sacó la espada apuntando a ciegas y yo intenté agudizar la vista, porque aunque no viese nada, sabía que ahí adelante había algo.

martes, 18 de febrero de 2014

Capítulo VII

Athan era un chico tímido al que le costaba expresarse y hablar con los demás. A veces notaba que parecía intentar descifrar mis expresiones mientras mantenía una conversación con él, como si realmente no supiese cómo interpretarla, como si hubiese nacido ayer mismo. ¿Esta era la magia de Alexander? ¿Tan poderosa como para crear una persona a su antojo, reviviéndolo de la muerte, independientemente de lo que fuese en su anterior vida? Me resultaba aterrador. Desde el día en el que aquello sucedió, el joven de ojos rojos caminaba muy por detrás de nosotros y volvía a ausentarse, aunque por cortos periodos de tiempo. También acampaba lejos de nuestra hoguera, reposando en un árbol cercano.

Por fin atravesamos la pradera. Frente a nosotros había un puente levadizo sujeto por unas viejas cuerdas, que estaban agarradas a los gruesos troncos de aquellos enormes árboles musgosos que habían cubriendo casi toda la selva. Aquel paraje verdoso parecía haber sido olvidado por ambos imperios. La hierba había cubierto todo lo que antiguamente parecía haber sido una calle. Era un ambiente húmedo y templado. Pasamos por el puente, que no parecía muy seguro ya que crujía a cada paso que dábamos,  y pese al abandono del lugar, todavía quedaba un pequeño rastro de aquel camino; seguramente una ruta de peregrinaje, o meramente comercial. El lugar rebosaba vida. Pájaros de múltiples colores y tamaños piaban en la copa de los árboles, pequeños conejos blanco de largas orejas nos miraban tímidamente entre la hierba e incluso me había parecido ver algún que otro tipo de mono balanceándose en las ramas de aquellos enormes árboles. El camino, hecho de madera, estaba construido sobre una serie de precipicios de altura media en los que alcancé a ver remansos de agua cristalina y tranquila. Fuimos descendiendo por aquel camino hasta que este derivó en un camino de piedra ya en tierra firme. Más adelante habían unas pequeñas cabañas mugrosas y justo en frente un pequeño muelle de madera construido en la orilla de una enorme laguna llena de nenúfares y flores azules.

Eva y Alexander decidieron que pasaríamos la noche en aquel lugar, que podíamos tomarnos el día libre para explorar a nuestro antojo el lugar, ya que no era peligroso en absoluto. Por primera vez desde que había llegado a la capital pude tomarme un verdadero descanso. Eunice, Gilbv, Athan y yo nos deshicimos de nuestras pesadas armaduras dejándolas acumuladas en una de aquellas chozas y nos estiramos, como si estas hubiesen entumecido nuestros cuerpos. Decidimos que cada uno iría a explorar por una parte diferente del bosque, cazaría algo para la cena y que nos reuniríamos allí al ponerse el sol. Eva y Alex decidieron que se quedarían allí y encenderían un fuego.
Comencé a explorar aquel hermoso lugar. Era una naturaleza casi inalterada, incluso los animales se acercaban a mí, curiosos. Me sentí apenada por aquellos animales que parecían desconocer la crueldad humana, por lo que abandoné mi plan de caza y me dediqué a observar con interés los frutos que colgaban de esos árboles. Estaban demasiado lejanos. Intenté trepar por sus gruesos troncos pero me resultaba imposible, estaban demasiado resbaladizos ya que el ambiente húmedo había hecho que todos estos estuviesen llenos de musgo, moho, y otras plantas. Rodeé la laguna y al norte encontré algo. Era otro puente, tal y como el que estaba en la entrada, pero este llevaba a una cueva un tanto extraña. Era perfectamente cuadrada, así que debía de haber sido modificada por el hombre. ¿Adónde llevaría? Me adentré tímidamente. No estaba segura de si debía. La luz se perdía en aquella cueva de gran profundidad. Me mantuve pegada a una de las paredes de tacto rocoso, cuando mis manos notaron algo diferente. Ya no era una cueva. Era una verdadera obra de arte. Poco antes de que la luz se perdiese se alcanzaba a distinguir lo que parecía ser un pasadizo con pinturas en sus paredes, grabados de una simbología muy arcaica, en las que habían incrustadas piedras relucientes. Decidí que volvería muy tempranamente a aquel lugar, con una antorcha, ya que se estaba haciendo tarde y aún no había encontrado nada para comer. Retomé el camino alrededor de la laguna y examiné todo tipo de plantas, hasta que encontré una de aspecto conocido. Recordaba haberla visto en el último pueblo que estuve de camino a la capital. Arranqué unos cuantos hierbajos y volví a la zona de las cabañas. Eunice había cazado algunos peces, Athan había atravesado con una improvisada lanza a un pájaro y los demás habían encendido el fuego y colocado una olla de un material metálico encima de los troncos ardientes. Hicimos un caldo con el ave y las hierbas, y asamos los pescados.
Alexander se había pasado todo el rato leyendo un libro al que Eunice había echado un vistazo y había afirmado no entender ni papa. Levanté la mirada y vi que estaba mirándome tal y como llevaba haciéndolo desde que Athan fue creado. Como si fuese un objeto digno de estudio. Una mirada muy incómoda. Y Eunice también parecía notar que este actuaba de forma extraña, que unido a el por qué la espada del demonio había quedado paralizada en el aire ante sus ojos, la perturbaba.

Después de la cena me acerqué al muelle y empecé a entretenerme con el agua. Metí las piernas en esta. Estaba sorprendentemente cálida. Me dejé caer a en ésta con las manos aferradas a la madera. Se sentía bien un poco de agua después de duros días de travesía bajo un sol ardiente. Intenté tocar el suelo con la punta de los dedos del píe pero el agua tenía pinta de extenderse varios metros más hacia abajo. Hundí la cabeza en el agua y abrí los ojos. No podía distinguir nada con los pocos rayos de sol que sobresalían de las montañas y atravesaban los árboles. Cerca mía vi una pequeña embarcación con pinta de no haber sido utilizada en varias décadas. Ascendí al muelle y con ayuda de una rama la atraje hacia él. En su interior había un remo hecho de una madera ya podrida, pero aún así lo cogí y me subí en aquel bote. "Me habría gustado aprender a nadar, así no tendría que tomar un bote para llegar al centro de este hermoso lugar" pensé.  Después de un tiempo dejé de remar, dejando que el agua me impulsase, mientras observaba las delicadas flores azules de las que habían empezado a salir pequeños insectos luminosos. Apoyé la cabeza en el borde de la embarcación mientras jugaba con aquellos insectos que se posaban en mi mano y dejaban una estela de su luminosidad en mi mano. Pronto oscurecería. Tenía que volver. Pero empecé a sentirme cada vez más pesada, los párpados luchaban por mantenerse abiertos... Y oí un chapoteo en el agua. Me sobresalté. ¿Habían venido Athan o Eunice a buscarme desde la orilla? Pero no vi absolutamente nada. Volví a oír aquel chapoteo, ahora mucho más cerca. Decidí que era hora de volver. Cogí el remo que había dejado reposando en el agua y tiré de él. No podía sacarlo del agua. Algo estaba tirando de él también. Se partió en dos y me sobresalté ante el sonido. ¿Qué haría ahora? Oí un burbujeo bajo el bote. Fuera lo que fuese que había allí estaba justo debajo de él. Hubo un estruendo, y una marea de agua se vino encima mía. Algo había salido del agua. Miré al cielo. Una mancha roja se balanceaba de un lado a otro con un vuelo irregular. Volvió a caer en picado al agua. Y volvió a salir. Esa cosa... estaba realmente debilitada. Y sabía exactamente qué era, y quién era. Empecé a remar con ambos brazos, pero fue inútil. No podía acercarme así que como pude me puse de píe en el pequeño y endeble trozo de madera.
- ¡Ven!
Grité con todas mis fuerzas. No estaba segura de lo que estaba haciendo. Pero algo me decía que era lo único que podía hacer. El ser, ascendió, descendió y voló hacia mí con gran velocidad. Sentí como la escamas me rasgaban todo el cuerpo, y como el bote cedió bajo mis pies, también como el agua me cubría y dejaba sin respiración. Pero no iba a soltarlo. Y así me hundí, abrazada a un dragón de color rojo, tal y como había ocurrido la primera vez que le vi.

lunes, 17 de febrero de 2014

Capítulo VI

Pasaron varios días desde que perdimos de vista la muralla de Era y todavía no habíamos atravesado la pradera de Lux. Pese a todo lo que habíamos andado, si dirigíamos la vista hacia atrás aún se veía en la lejanía nuestra torre de entrenamiento, con un tamaño ahora no muy mayor al de un lápiz, y ahora sí que parecía tener un fin. Y cuando mirábamos hacia adelante veíamos las grandes montañas, introducidas por nuestro próximo destino: la Selva de Grimore. Durante nuestra travesía habíamos visto todo tipo de seres, unos de ellos agresivos, otros amistosos, otros asustadizos... y no habíamos tenido ningún altercado porque Alexander parecía imponer de tal manera que hasta una quimera de gran tamaño había huido despavorida ante la mirada de éste. Me pregunté entonces qué sería él, que habría ocurrido en realidad hacía milenios y si realmente viviría para siempre. Sin embargo, había otro motivo de mi curiosidad, y e que El Sujeto me detenía cada vez que preguntaba al Asesino de Dragones por su pasado e incluso notaba una pizca de temor en su rostro cuando este dirigía la mirada hacia atrás, solamente para contemplar el progreso de nuestra marcha.
Hablando del Sujeto... Desde aquel día en el que vi su primera expresión he descubierto muchas otras. Puede ser que ahora sea más expresivo, o que quizás he aprendido a descifrar los mínimos surcos que se forman en su rostro para así saber en qué piensa. Podría decirse que me he hecho más cercana pero aún así todavía no me ha dirigido la palabra. En realidad, tampoco había tenido ocasión de hablarle teniendo en cuenta que nadie excepto yo misma puede verle, y no me arriesgaría a que los demás piensen que la travesía me está secando el cerebro.
Pasaron otros dos días de acampada bajo un cielo iluminado de estrellas y una noche llena de luciérnagas, sin ninguna alteración, con una marcha continua... y al tercer día algo cambió.

No muy lejos de nosotros una inmensa nube de color negro se aproximaba rápidamente. Había visto algunos rayos caer a lo lejos y también había visto a Alex palpar el aire con los dedos, como sintiendo el aire. No era normal verle hacer otra cosa que no fuese caminar ya que ni dormía. ni comía, apenas hablaba y no parecía tener ninguna necesidad fisiológica.
Finalmente la nube nos alcanzó y se desató una tormenta sobre nuestras cabezas. Todos los seres a nuestro alrededor parecieron desaparecer y ahora sólo nosotros caminábamos bajo una intensa lluvia carmesí. El joven de la armadura negra se llevó la mano a la empuñadura de la espada que tenía en su espalda, con inquietud. Tampoco eso era normal. Por la actitud de mis dos compañeros llegué a la conclusión de que aquella lluvia presagiaba algo verdaderamente malo.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por un rayo que cayó justamente delante de Alexander, quien no se alteró. Se levantó una ventisca que nos impidió seguir caminando y tras haberse calmado esta, oímos una carcajada ronca y desagradable. Frente a nosotros, de un charco de líquido rojo, se formó una sirueta humana que al poco tiempo comenzó a solidificarse hasta formar a un hombre barbudo, tuerto y jorobado. Este portaba una armadura oriental y un casco con cuernos. Levantó la mirada dejando ver su piel grisácea, y unos ojos rojos que brillaban como rubíes. Sonrió de manera desagradable, dejando ver una fila de dientes de oro. Portaba en la mano derecha una espada oriental manchada de una sangre ya oxidada, pero que aún así no desmejoraba aquella katana de una belleza hipnótica.
Hubo un silencio tenso. Alexander apartó la vista de él, girando sobre sí mismo para advertirnos de algo. Algo que no alcanzó a salir de su garganta, porque el sujeto ya se había abalanzado sobre nosotros con gran rapidez. Pasó por el lado de Alex, de Eva y esquivó a Eunice sin darle siquiera una oportunidad y sus ojos se clavaron en Él.  Sentí un empujón y seguido un choque de espadas. La espada de Eunice, la del sujeto y la katana quedaron entrelazadas , unas detenidas por otras. Eunice frunció el cejo al ver como la katana del demonio se había quedado paralizada en el aire y como la suya simplemente había pasado por debajo.
Aproveché el momento para sacar uno de los cuchillos que llevaba en la pierna y apunté a su cuello. Sentí una mano pesada en mi hombro, me echó hacia atrás con fuerza y caí al suelo de espaldas. El cuchillo cayó al suelo sin haber rozado otra cosa que el aire y encima mía estaba aquel chico.
Alexander entrecerró los ojos y desenfundó su espada, seguido imitándole Gilbv. Eva no daba crédito a lo que sus ojos veían; aquel demonio estaba luchando contra la nada, y la nada estaba rechazando todas aquellas estocadas de una fuerza brutal.
Me deslicé bajo el cuerpo de aquel hombre hasta salir por el otro lado. Volví a por el cuchillo apresuradamente. Después de cogerlo levanté la mirada y me quedé helada.
Alexander parecía haber entrado en cólera. Una intensa ira se dibujó en su rostro, acompañada de un temblor. Estaba sujetando su espada con tanta fuerza que no supe cómo aquella empuñadura no se partió en dos. Con una velocidad imposible de captar pasó por nuestro lado y atravesó al hombre, dejando la punta de su hoja a un milímetro del estómago de mi guardián. Ambos parecieron mirarse a los ojos fijamente, sin flaquear. ¿Alexander podía verle, así de repente? ¿O simplemente había estado ignorándolo durante el principio? ¿Iba a matarlo?
Sacó la espada manchada de sangre del demonio atravesado, que se desplomó al suelo silenciosamente, y la agitó para que la sangre se deslizara por su hoja. Su rostro cambió. Sonrió divertido y me dirigió aquella mirada, para luego proseguir la marcha.
Eva y Gilbv le siguieron, mientras Eunice parecía no entender nada de lo que había sucedido, el Sujeto guardaba la espada y yo estaba allí, confundida por aquella mirada.

-Levántate, Inútil. Ahora servirás para mí. - Añadió Alex.

Miré al cuerpo que reposaba en el suelo, envuelto en un charco de sangre. Este empezó a convulsionar y luego se quedó quieto. Luego noté un crujido, y un trozo de aquel hombre se desprendió de él. Seguido escuché otros muchos crujidos. Y ante mis ojos alguien parecía estar saliendo de una cáscara, como un pollo saliendo de su huevo. Aún tirado en el suelo, un joven de pelo claro había roto aquel cuerpo. Hizo un ademán de levantarse pero los brazos le flaquearon. Abrió los ojos, los tenía azul claros, y empezó a lamer la sangre que había a su alrededor, ansioso. Después de haber terminado se levantó, ya recuperado. Estaba muy pálido, y tenía unas ojeras rojas en sus ojos. El Inmortal le dirigió una mirada despectiva.

-Te llamarás Athan. Tendrás un carácter débil, pero leal. No recordarás haber sido un demonio que baña los parajes con la sangre de sus vencidos. Nada de lo que eres ahora refleja lo que eras antiguamente.Tu misión será protegerme con tu vida. No tienes familia. Ningún lazo en este mundo. Pese a tener un carácter débil serás de una fuerza equivalente a la señorita aquí presente - señaló a Eunice - y no se te permitirá experimentar todo tipo de emociones innecesarias. También...
Hizo una pausa.
"...Al contrario que otros, tú podrás hablar."

jueves, 13 de febrero de 2014

Capítulo V

Durante nuestra estancia en el Castillo de la Luz se nos ofreció todo tipo de manjares, las mejores armas, armaduras de lujo... Inclusive el mismo Asesino de Dragones había empezado a asistirnos para mejorar nuestras técnicas de combate. No muy lejos de Era había una torre altísima que parecía llegar al mismísimo cielo, y en ella éramos encerrados periódicamente con el susodicho. Una especie de examen. Un examen que podía costarte la vida. Consistía en asestar un golpe a Alexander. Sólo uno. Ya os podríais imaginar qué tan complicado podía ser. De los ocho que éramos al principio, dos desistieron ante el durísimo entrenamiento y otros dos murieron en el intento. Alexander no era de esos que se contenían demasiado, si te empeñabas en huir de él en vez de enfrentarle con astucia y sigilo, no dudaría en matarte. Por suerte, en ninguno de esos cuatro estaba incluida Eunice, quien se había convertido en alguien muy importante para mí. Al principio pensé que era un poco ignorante del mundo, soñadora de ilusiones estúpidas, demasiado positiva... pero mi visión de ella había cambiado radicalmente. De hecho, ella misma parecía haber cambiado. Era la más fuerte de todos nosotros. Se había empeñado en entrenar con la espada más gigantesca que se nos había ofrecido, y su físico se había fortalecido, había crecido, su porte dejó de ser el de una muchacha noble, cortó sus cabellos, y se convirtió en una verdadera guerrera. Yo no notaba haber cambiado en absoluto, seguía intentando utilizar  lo que la naturaleza me ofrecía para atacar. En uno de aquellos combates intensos contra Alex utilicé una pila de libros polvorientos para lanzárselos mientras rápidamente me colocaba detrás suyo para asestarle un golpe. No poseía mucha fuerza física, al contrario, ahora era muchísimo más ligera que antes. Había adelgazado hasta el punto de parecer flotar mientras corría rauda. Alexander admiraba tal velocidad de reacción y de movimientos, cosa que me hacía sentir realmente orgullosa. Junto a nosotras dos había otros dos jóvenes. Uno de ellos era alto y no muy robusto. Tenia el pelo de color ceniza y los ojos de un tono carmesí. Era un albino, probablemente procedente de las tierras del norte. El joven entrenaba de forma diferente a nosotros, diría que hasta más intensamente. Al parecer era discípulo de Alexander desde antes que aquellas cartas fueran enviadas, y como gran admirador de éste, había decidido que le seguiría hasta el fin del mundo si hacía falta. La última persona era la mismísima Eva. A todos nos sorprendió cuando ella misma se presentó a realizar el viaje, abandonando su puesto y dejándolo en manos de Gabriel, uno de los compañeros de Alexander, del que también se contaban muchas leyendas. En realidad Alexander y él tenían una cierta rivalidad, puesto que ambos son conocidos por ser entes inmortales, seres más allá de lo humano, como hijos de los dioses. Eva confiaba plenamente en Gabriel, quien se había mantenido fiel a ella desde su nacimiento en los confines de Kuvera. Eva había decidido que debido al poco éxito que había tenido la misión y a los pocos voluntarios o "héroes" , como nos llamaba ella,  se había visto forzada a esto. Ella también había cambiado, y a la vez seguía siendo igual de angelical. Cuando estaba con nosotros se convertía en una muchacha vivaz, alegre... lo típico para una niña de apenas quince años. Pero cuando volvía a la capital a ejercer de emperatriz volvía a ser aquella mujerzuela angelical, que no parecía tener ningún sentimiento hacia nada.
También había otra persona. Una persona que con el paso del tiempo había comprendido que no existía para nadie excepto para mí. Había visto como todos le traspasaban sin siquiera notar su presencia. Pero allí estaba, siempre. Incluso en las noches hacía guardia en mi puerta. Llegué a pensar que me estaba volviendo loca, traté de ignorarle, pero no podía. Su mirada se clavaba con tanta intensidad en mi figura que era imposible no sentir aquel impulso en mi cuerpo. Había tratado de hablarle, pero él nunca contestaba. Solamente me miraba, con una cierta amargura, como si estuviese esperando algo de mí y viese ese deseo cada día más lejos. A veces desaparecía durante días enteros y un buen día volvía.
 Finalmente el día llegó. Después de meses de duro entrenamiento por fin estábamos listos para partir.
Eva nos había aclarado que tendríamos que salir de la capital antes del amanecer. No debía dejar que la gente supiese que había partido hacia un lugar remoto o esto daría a Seinar una oportunidad de empezar la guerra lo antes posible. Muy tempranamente todos fuimos levantados por Alexander, nos vestimos lo mejor que pudimos, todos nosotros con una armadura de color oscuro. Me fijé en que esta, al contrario que la de los guardias de Era, no tenía el escudo real, ni ninguna otra marca. Solamente era una armadura corriente. Guardé mis armas en un cinturón de cadenas que llevábamos atado a las grebas, metí las provisiones en una mochila de cuero y partí. Miré hacia atrás. El sujeto se había levantado, se había acomodado la enorme armadura de escamas negra y roja que siempre portaba consigo, y me seguía. Tenía que admitirlo, pese a que no hablase y solamente estuviese allí, agradecía su compañía y me había pasado a sentir realmente cómoda cuando estaba. Incluso me había preocupado cuando pasaba días sin volver.
Me encontré con Eunice, Alexander, Eva y Gilbv. Trepamos por la muralla con dificultad, nos colgamos de las ramas de los árboles y justo cuando me disponía a balancearme, la rama en la que estaba apoyada cedió y me vi cayendo al vacío. Sentí unas manos ásperas y calientes cogerme por los brazos. Y entonces lo confirmé. Él era tan real como cualquier otra persona. Me ayudó a bajar camuflándose entre los arbustos y finalmente me posó en las ramas bajas. Descendí sin una herida, y vi en su rostro serio rasguños de hojas. ¿Cómo era posible?
-¿Estás bien, Evan?
Eunice parecía un tanto preocupada. Vio las marcas de unos dedos en mis brazos y frunció el ceño. Me apresuré a evitar su mirada.
-Sí, sí. Tranquila. Solamente me hice unas marcas intentando colgarme de otras ramas.
Sonreí para tranquilizarla, y pareció funcionar. Nos reagrupamos con los demás y proseguimos el camino hacia el sur, hacia la enorme pradera de Lux. Un lugar lleno de vida, donde todo tipo de seres habitaban, donde los espíritus fluían libremente, jugaban en la copa de los árboles... Donde los riachuelos parecían estar hechos de espíritus líquidos que danzaban, muy juntos unos de otros. Había estado más de una vez allí por encargos. Matar a cierto monstruo, buscar a cierta persona... Pero nunca me había tenido que alejar de la capital hasta el punto de no ver la muralla. Y nosotros teníamos que cruzarla.
Me aparté del grupo, ralentizando el caminar, y por primera vez caminé al mismo ritmo que aquel sujeto. Siempre había ido por detrás mía, y temía que en cuanto me echase hacia atrás él también lo hiciese. Pero ahí estábamos, caminando codo con codo.

-Gracias.  -Dije. Sabía que no me respondería. Y también que seguiría con aquella cara seria, como había hecho en los últimos meses pese a mi insistencia en hablarle e intentar que se comunicase. Le miré con el rabillo del ojo y en su cara se había dibujado una sonrisa, no muy amplia, apenas podía distinguirse, pero lo suficientemente nítida como para hacer que el corazón se me acelerara.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Capítulo IV

Sentí que no podía mover ni un músculo del cuerpo. Miré a mi alrededor y todos parecían sentirse de la misma manera. Reinaba una atmósfera muy pesada, parecía oprimir nuestros pechos. Y nadie se atrevió a romper el silencio sepulcral. Nadie excepto ella. El ángel de la Paz.

-Bienvenidos seáis, viajeros venidos de todo Esitia.

Hizo una pausa. Una pausa que pareció durar eternamente. Su voz era como un eco del más allá, como si un verdadero ángel estuviese hablándonos en nuestra misma cabeza. Una voz dulce que acompañaba a un aspecto angelical, una joven pura, vestida con una túnica blanca que cubría sus manos y sus píes. Portaba una tiara que sobresalía por su frente, que acomodaba su pelo rubio rizado, una cabellera que parecía no tener fin. Me fijé en sus ojos. Parecí ser la única en hacerlo y ella pareció sentir mi mirada. Clavó sus ojos grises, casi blancos, en los míos y sentí otra vez, ese impulso. Un impulso que sólo ella y ese sujeto lograban hacerme sentir.

-Debo daros las gracias por tomaros la molestia de venir hasta Era. Algunos habéis tenido que soportar travesías realmente duras.

Se inclinó levemente. Todos sentimos que debíamos hacer lo mismo. En el más absoluto silencio todos nosotros hicimos una reverencia en honor a sus palabras y volvimos a alzar nuestras cabezas.

-Todos ustedes tienen una única misión. Sin embargo, esa misión es tan importante que de ella depende el mismo imperio. Se preguntarán por qué no envío a mis tropas a realizarla. No es que no confíe plenamente en ellos, sin embargo es muy probable que se desate una guerra contra nuestro imperio vecino, Seinar.

Entonces se rompió el silencio. Susurros y más susurros rondaron el vestíbulo. Caras de terror. De nuevo, la guerra. La última vez que Seinar y Esitia se enfrentaron unos a otros ocurrió una gran catástrofe. El mundo pareció partirse en dos, deseoso de acabar con aquella tragedia que diezmó la población. Seinar se vio obligado a acudir al señor de las tinieblas, el gran destructor, Garón. Y este imperio, como contraposición a Seinar, también contrató los servicios de la reina creadora, Lux. La guerra dividió a la población, se apoderó de los corazones de los habitantes, los llenó de odio. Un odio que a la larga decepcionó a los dioses. Ellos mismos huyeron de este lugar maldito, y su regalo de despedida fue La Catástrofe.

-Por ello mis tropas deben de estar preparadas para todo. No puedo cometer el menor fallo. Si eso ocurre, todo terminará.
"Su misión es, pues, partir en búsqueda de aquel objeto que puede llevarnos a la victoria."

-La piedra de Arise. - Susurró Eunice.

¿En qué demonios estaba pensando? ¿Estaba poniendo en juego el imperio entero en encontrar una piedra de la que sólo se había oído en leyendas?

-Pero, majestad, si me permite... Esa piedra... Se rumorea que se encuentra en las profundidades de...

-Sí.

El joven desató a la convención. Todos parecieron entrar en cólera. En parte entendía a qué se debía. Ir a ese lugar era un suicidio. Una marea de gente abandonó el vestíbulo, bufando, atemorizados, enfadados. Y ante mis ojos me dí cuenta de que sólo unos pocos, no más de diez, seguíamos allí. Miré a Eunice, ella parecía paralizada de horror. Las piernas le temblaban. Puse una mano en su hombro. Supuse que había visto alguna premonición en cuanto a lo dicho, y no quería saber lo que había visto, a decir verdad. Volví la mirada hacia el balcón de mármol. Eva descendía por las escaleras de cristal como si flotase, sin tocar el suelo.  De la puerta aparecieron dos personas más.

-Te dije que no funcionaría. Deberíamos dejar que se marchasen a casa y buscarla por nuestra propia cuenta. -Dijo uno de ellos.  Le conocía. No había cambiado en mis diez años de profesión. Ni una pizca. No había envejecido en lo más mínimo. Alexander el Inmortal, el Asesino de Dragones... tenía muchos nombres. Se rumoreaba que existió incluso antes de que este imperio fuese fundado, y que en una batalla intensa contra Garón destruyó a su ejército de dragones con un hechizo que absorbió sus almas y las depositó en su cuerpo. Nadie sabe nada más de él, sólo que está allí, que el tiempo no pasa por él,  que fundó una academia de magia y que con ayuda de sus discípulos se encarga de mantener activa una barrera de luz que impide que la oscuridad de Seinar engulla toda Esitia.

- ¿Qué estás diciendo? Aún veo a gente capaz aquí.

Y me lanzó una mirada, y luego miró a Eunice, y a los pocos que no habíamos huido ya fuese porque estábamos tan atemorizados que no podíamos movernos, ya fuese porque no teníamos nada que proteger, porque estábamos vacíos. Y eso pretendía llenarnos. Sentí una llamarada en mi interior. Un fulgor que había desaparecido con el paso del tiempo. Eso que se perdió el día que La Catástrofe...
Y mis pensamientos se vieron interrumpidos, porque entonces sentí una voz en mi cabeza.

"Sabía que volverías. Y yo estoy aquí para protegerte, como juré, mi amada Aria."

martes, 11 de febrero de 2014

Capítulo III

¿A qué se refería? ¿Acaso...?
Sentí un impulso que agitó mi cuerpo repentinamente. No pude evitar estremecerme. Me despedí haciendo caso omiso a lo que estaba ocurriendo en mi interior. Seguí adelante, bajo la atenta mirada de aquellos guardias de armadura plateada. Entré por un largo pasillo rodeado de columnas de mármol blanco, reluciente, perfecto. A ambos lados rugía una cascada de aguas cristalina que bañaba con su escarcha las flores de múltiples colores que habían sido plantadas en un césped de color verde oscuro. El exterior era precioso, no se podía pedir menos del castillo real. Era un claro símbolo de poderío, de lo insignificantes que éramos para todos aquellos que habitaban en él. Miré hacia ambos lados. Derecha: Unos guardias holgazaneaban bebiendo cerveza y riendo de manera escandalosa. Izquierda: Una joven de aspecto delicado caminaba de un lado hacia otro con impaciencia. Una joven realmente peculiar. Sentí otra vez aquel impulso, aquella electricidad recorriendo mi cuerpo y a lo lejos vi a ese sujeto, me estaba mirando fijamente, con aquella mirada seria y fría. Necesitaba preguntarle unas cuantas cosas. Apresuré el caminar, pero la joven me detuvo.
- Perdona... -Su voz sonó quebradiza. Y poseía un cierto acento extranjero. Probablemente sería de la costa, ya que sus pieles eran de un tono oscuro, sus ojos verdes claros y su pelo la delataba. Sólo una clase de tribus poseía tales características físicas. Los Onam. El pelo, extremadamente largo y recogido en una trenza, presentaba gran cantidad de colores. Era como un arcoiris. Después de fijarme largo tiempo en ella, miré por encima de su cabeza. Ese chico había desaparecido. Frustrada, intenté apartarme con cierta molestia de esa joven, pero de nuevo me obstruyó la vía.
-Esto... ¿Tú también has recibido la carta?
Dudé en contestar a eso. Aún buscaba con la mirada a el hombre.
-Sí.
La joven, de unos diecinueve años, se alegró.
-Me llamo Eunice. Vengo de la ciudad costera de Ona. Llevo largo tiempo esperándote.
Enarqué una ceja. Así que después de todo los Onams sí que poseían aquel don de la premonición del que tanto había oído hablar.
-Ya, bueno. ¿Qué quieres de mí?
- Yo no. El destino es el que quiere que estemos juntas.
Sonrió. Me sentí realmente incómoda. ¿Por qué siempre tenía que conocer a sujetos tan extraños?
- ¿Cómo te llamas? - Volvió a preguntar.
- Evanthe.
Hice una pausa. Ella seguía sonriendo estúpidamente.
-Será mejor que entremos. Seguramente ya habrá empezado la conferencia.

Me aproximé a el pasillo por el cuál el sujeto de cabellos negros había desaparecido y vi una pequeña puerta blanca. La abrí, entramos y llegamos a un enorme vestíbulo de cristal. Estaba a rebosar de gente, todos ellos parecían haber llegado de lugares muy lejanos. Y allí estaba. Justo en la puerta opuesta el joven cruzado de brazos se apoyaba en la pared. Volvió a mirarme a través de la multitud. Sabía que estaba allí. Me apresuré a caminar esquivando a la gente mientras Eunice me seguía con dificultad. Justo cuando llegué a su lado y me disponía a lanzar la pregunta, la gran puerta blanca que había subiendo unas escalerillas se abrió y una joven salió de ella. Se apoyó en el balcón, nos miró a todos y con sólo su presencia todos parecieron sentirlo. Aquel escalofrío. Un intenso rayo sacudió nuestros cuerpos. Y aquel sujeto había desaparecido.
Maldición.

lunes, 10 de febrero de 2014

Capítulo II

Oscuridad. Abrí los ojos como despertando de un mal sueño y miré a mi alrededor sin levantarme de la cama. Estaba en una pequeña casa de madera, repleta de cosas sin aparente utilidad colgando del techo, con unos troncos ardiendo en un suelo de arena, y una pequeña mesa con sillitas de madera. En una de ellas había una figura corpulenta, una mujer, de cabellos anaranjados. La puerta estaba abierta y alcancé a ver a lo lejos el río en el que juraría haber muerto. Iba a levantarme cuando volví a sentir aquella presencia amenazadora. Cerré los ojos.
¡Te juro que lo vi en el río! Estaba allí cuando abrí la puerta. Y me dijo que debíamos cuidar de ella. 

Era la voz de un niño emocionado. Sentí que algo se acercaba. Esa presencia estaba justo a mi lado. Sentí que alguien tocaba las mantas de cuero que me cubrían y como acto reflejo, en un instante me había levantado y había cubierto a esa presencia con ellas. Me disponía a salir corriendo en camisón si era necesario, pero entonces caí en mi error. No era más que el niño que jugaba en las afueras. Este salió de las mantas y la mujer se levantó con gran dificultad. Tenía las piernas hinchadas y ennegrecidas por varios hematomas y unas gruesas venas. Apenas podía caminar, y finalmente me dirigió una sonrisa.

-Pensamos que morirías de una pulmonía. ¿A quién se le ocurre nadar en el río con esas ropas tan pesadas?

Me encogí de hombros. Era normal que pensase que yo misma había decidido tirarme al río cuando no había sido así. Pero tampoco había pensado en cruzarlo de otra forma.

- Llevas varios días durmiendo. Es mejor que comas algo para reponer fuerzas. He preparado algo de consomé para almorzar.

No supe qué hacer, ni qué decir. Llevaba tanto tiempo sin hablar que simplemente decidí no hacerlo. El niño se había pasado todo el tiempo mirándome como si fuese una heroína, o algo realmente fantástico. Me sentí incómoda. Nunca me habían gustado los niños. Siempre acababan en bocas de monstruos, o secuestrados por rateros... en general, eran un incordio.
La mujer puso en un cuenco de barro un poco de aquel caldo sin sustancia y me lo acercó. Di por hecho que eran una familia muy pobre, cosa que me había sorprendido ya que supuestamente en la capital y con la nueva emperatriz, todos vivían con las mayores comodidades de todo el imperio. Lo bebí lo más rápido que pude, cogí mis ropajes de cuero y busqué en ella la pequeña bolsa de cuero en la que guardaba mis monedas de oro. Saqué tres de ellas y las dejé encima de la mesa. La mujer negó.

-Las necesitaréis más que yo. A cambio sólo os pido que me indiquéis el camino al castillo.

Y mi voz sonó desafinada. La garganta se me secó al instante y me sorprendí de que aún pudiese salir voz de mis polvorientas cuerdas vocales. El niño se volvió hacia su madre , ella le dio unas palmaditas en la espalda y le dirigió un gesto de aprobación. Él se envolvió en una tela de cuero que le llegaba hasta las rodillas y ambos salimos de la estrecha casita. La casa no estaba dentro de la muralla, es más, estaba pegada a esta pero en el exterior. Entonces comprendí por qué eran tan pobres. No eran más que los llamados "parias", gente que es tachada de ladrones de aventureros, que asaltan los cargamentos con provisiones para los soldados, que pese a todo ello son obligados a pagar un altísimo precio por su pequeña propiedad.
El niño empezó entonces a relatar sus circunstancias. Entendí que su padre había sido asesinado tiempo atrás , cuando aún vivían dentro de la muralla, y que su muerte fue injusta ya que era un hombre que vivía para trabajar, que estaba orgulloso de lo que hacía y que no tenía enemigos. El joven juró repetidas veces que a su padre lo había matado un dragón , pero estaba segura de que mentía. Los dragones se habían extinguido hacía mucho tiempo, unos cuantos siglos, víctimas de una maldición que el propio mago real había conjurado. O al menos, eso es lo que el imperio hacía creer a la población para mantenerla bajo su poder. También mencionó que su madre trabajaba lo máximo que podía, pero que últimamente su enfermedad la estaba consumiendo y no tenían ni para comer. Por ello, decía, buscaba alimento en el río aunque la gente le hubiese advertido que muchos de aquellos peces eran venenosos. Lo relató todo con gran efusividad, como si se tratase de una gran historia, una leyenda. Y entonces me habló sobre su sueño de ser un gran guerrero que luchaba por la justicia, la igualdad entre las clases, y otras ilusiones estúpidas que obviamente nunca se harían reales. Llegué al castillo, protegido por una muralla y tuve que volver a enseñar la carta de invitación de parte de la emperatriz. El niño se despidió alegre, deseándome buena suerte. Me puse de rodillas, saqué el saco de las monedas y lo posé en sus manos.
-Espero que algún día tu sueño se haga realidad. Pero no hagas enfadar a tu madre. Pórtate bien con ella, y no hagas caso a extraños. Si te ocurre algo, utiliza lo que hay dentro de este saco y te prometo que iré en tu ayuda.
El niño abrió la bolsa y dentro de ella había una flauta de madera diminuta. Sonrió.
"Yo también espero que tú y tu dragón consigáis vuestro sueño."

Capítulo I

Luz. Mucha luz. Tanta que mis cegados ojos no eran capaz de soportarla. Puse mis manos, pequeñas, suaves, frágiles... cubriendo mi rostro hasta que mis ojos se acostumbraron a aquella luz. Finalmente, se abrieron para ver claramente la tragedia. Una llamarada envuelta en humo negro. El mismísimo infierno se abría ante mis ojos verdes. Sentí que me abrasaba, que mi piel se derretía como un papel quemado, y que de nuevo era incapaz de hacer nada.

Ya era la quinta vez que soñaba aquella escena. Parecía que mi subconsciente quería torturarme por un suceso pasado, como si estuviese preguntándome por qué no fui capaz de hacer nada al respecto. Bajé del árbol en el que había pasado la noche. Había llovido intensamente, dejando ahora un cielo despejado, brillante y una tierra fangosa, que se hundía ante cada paso que daba. Cada vez me encontraba más próxima a la capital de Esitia, un imperio que se extendía desde las montañas de Kuvera hasta más allá del largo océano, el fin del mundo. Había partido mi viaje desde una pequeña aldea llamada Flora, un lugar apacible con gente humilde que sólo vivía laburando para sus señores, y que estaba localizada cerca de un riachuelo sin nombre.
Hacía unos días me había llegado una carta desde Era, la capital, y el remitente era la mismísima emperatriz. No daba muchos detalles, solamente que había sido solicitada para algo urgente y que debía de apresurarme en llegar antes de una semana. Ahora me había arrepentido de no haber tomado el Ferry, porque quizás ya habría llegado a mi destino.
Estaba acostumbrada a caminar largas distancias pero la travesía por el bosque de Erudin era, con diferencia, la má dura que había tenido en mis diez años de cazarrecompensas. Los árboles, de un tono grisáceo y más bien azulado, habían destrozado el único camino que había sido marcado y con el paso del tiempo y el abandono no era más que una fila de baldosas que no llegaban a ningún lado. Había tenido que subir a la copa de dichos árboles incontables veces para saber qué trayecto seguir, me había perdido, caminado en círculos, avanzado torpemente en dirección contraria... pero finalmente había vislumbrado la frontera. Un enorme río de aguas cristalinas y apacibles se interponía entre mi destino y Erudin. "El agua" Pensé. No me agradaba tener que nadar hasta la otra orilla, teniendo en cuenta que todo tipo de animales habitaban en él. El río que rodeaba Era se conocía como uno de los más peligrosos. Las nereidas que habitaban en  él eran peligrosas, los peces carnívoros y las plantas se enredaban en los cuellos de los peregrinos ahogándolos sin piedad y engulléndolos con sus bocas, ocultas bajo tierra.
Saqué mi espada de su funda de cuero y empecé a hundirla en el tronco de uno de aquellos grandes árboles, pero la dureza del tronco hacía imposible que mi espada oxidada penetrase lo más mínimo en él. Rendida, desistí y me dispuse a sumergirme en el río cuando una mano se posó en mi hombro. Helada, apunté con la espada al estómago de quien fuera que estuviese allí. Era un chico de mirada seria, de ojos rojos y pelo de color negro. Un negro tan oscuro que parecía absorber todo color a su alrededor.El joven era muy alto, y tenía una ancha espalda. No pude evitar fijarme en sus ojos, que despedían un fulgor rojizo, como si brillasen con luz propia. Mantuvo la mirada y apretó con su mano el filo de mi espada, la empujó y ambas, espada y yo, caímos al agua. Seguido sentí una mano sujetándome del cuello de la camisa, y esta me impulsó fuera del agua con brusquedad. Quedé suspendida en el aire y luego me tiró al suelo. El extraño fulgor de sus ojos y su inexpresividad me asustaron. El cuerpo me temblaba, ya fuese por el frío de mis ropas húmeda o porque empezaba a sentir pánico. ¿Iba a matarme? ¿Qué era lo que quería? ¿Había sido todo una trampa? Me levanté con dificultad. Las ropas mojadas pesaban demasiado, y ahora estaba segura de que si hubiese cruzado el río con ellas me habría hundido al fondo y no habría salido de allí con vida. El joven se acercó a mí, retrocedí, pero siguió acercándose. Choqué contra el tronco de aquel árbol que había intentado cortar, busqué mi espada pero la había abandonado y ahora probablemente reposaba en el fondo del  río. Él me cogió del brazo con brusquedad y corrió en dirección al río. No pude soltarme de él, y caí detrás, sin aire. El agua me llegó hasta el cerebro. No podía respirar,y la misma ropa me estaba impulsando al fondo. Cuando abrí los ojos vi que estaba sola, que aquel joven me había soltado a mi suerte y que esa suerte no sería más que la muerte. Me sentí mareada, y terriblemente apenada por no haber conseguido aquello que buscaba, vi aquellos peces coloridos esperando mi muerte para luego devorar mis restos y por último, antes de perder el conocimiento, vi algo inexplicable, inexistente y más bien, el fruto de una ilusión.